El Berlín de Lou Reed
Una verdad incómoda sobre el arte: las mentiras bien contadas revelan más que cualquier documental.
Lou Reed grabó su disco Berlin en Londres y Nueva York durante 1973, una tragedia ambientada en una ciudad que jamás había visitado. Mientras tanto, sus discípulos, Bowie e Iggy Pop, huirían años después al Berlín real para salvarse de la autodestrucción. La paradoja no podría ser más perfecta: la mente de Reed imaginó el infierno que otros necesitaron habitar para sobrevivir. Berlin era una comedia de humor negro de acuerdo a Reed.
El productor canadiense Bob Ezrin estaba intrigado. Le preguntó a Reed sobre lo que había pasado con la pareja descrita en la canción "Berlin", de su fallido primer disco solista. Reed no le dio la respuesta esperada. A cambio, Ezrin recibió diez capítulos de colapso emocional donde Jim y Caroline se destruyen en un apartamento que bien podría estar en cualquier parte del mundo.
El Muro de Berlín funcionaba como metáfora perfecta: dos personas durmiendo en la misma cama pero separadas por kilómetros de odio y secretos podridos. Reed eligió esa ciudad dividida porque representaba el aislamiento perfecto, una isla de decadencia occidental rodeada por el comunismo, donde todo era posible pero nada tenía futuro. Para él, Berlín no era geografía sino cartografía mental de la claustrofobia.
La recepción fue una masacre. Rolling Stone lo llamó el "más grande desastre" de 1973 (9 años más tarde la crítica nombraria al disco The Blue Mask de Reed, el mejor disco de 1982). La discográfica RCA apenas lo promocionó porque nadie quería escuchar un disco donde una madre pierde la custodia de sus hijos mientras gritan llamándola de forma estremecedora en la canción "The Kids".
Esa grabación generó el mito de que Ezrin torturó a sus propios hijos diciéndoles que su mamá no volvería. La verdad era mucho menos cinematográfica: simplemente grabó una rabieta a la hora de dormir. Lo cierto es que Ezrin y Lou querían replicar los gritos estremecedores de la terapia de gritos primarios que usó John Lennon en su disco debut solista.
Reed venía del éxito masivo de "Walk on the Wild Side" y respondió entregando una ópera sobre violencia doméstica, prostitución y suicidio. Ezrin pensó que el resultado era cercano a las óperas de Puccini. Suicidio comercial y artístico, pensaron todos. Libertad absoluta, pensó Reed. Lou se adelantaba décadas a las historias de abuso y suicidio convertidas en éxitos de MTV en los noventa, en una era aún habitada por los fantasmas del flower power.
Lo extraordinario es que Reed materializó su Berlín fantasma con una orquesta de virtuosos: Jack Bruce de Cream, Steve Winwood de Traffic, B.J. Wilson de Procol Harum, Tony Levin de King Crimson. Ezrin, quien había convertido a Alice Cooper en fenómeno masivo posteriora la era Woodstock, diseñó una producción donde el sonido de vasos rompiéndose y puertas azotándose te coloca dentro del apartamento, espiando una tragedia que no deberías presenciar.
Mientras Reed componía sin conocer Berlín, Nico, la musa alemana de hielo que cantó con la Velvet Underground, aportaba sin saberlo el rostro de Caroline: esa belleza decadente y distante que encarnaba todo el misterio europeo que Reed necesitaba para su protagonista condenada. También se dice que Caroline era la suma de todas las mujeres con que Reed había estado hasta entonces.
Reed quería el "punch" musical que Ezrin había dado a los discos de Alice Cooper. Ezrin quería a un Reed más literario que Dylan y cercano a Leonard Cohen. Al final, no se entendieron. Ezrin debió producir Lulu, esa colaboración entre Reed y Metallica del 2011. Ezrin habría quedado fascinado con las historias libertinas de Lulu y seguramente habría dado ese "punch" que tanto necesitaba entonces la música de Metallica, como se lo dio a los veteranos dioses del heavy metal, Deep Purple, en años recientes.
La ironía histórica llegó años después, en 1980. El director alemán de cine Rainer Werner Fassbinder usó "Candy Says" en el epílogo alucinatorio de su monumental serie para televisión Berlin Alexanderplatz, validando que la sensibilidad del realismo sucio neoyorquino, el Johnny Boy de Mean Streets o el Travis Bickle de Taxi Driver, en pleno American New Hollywood, que sería influencia de los ingleses Genesis para su The Lamb Lies Down On Broadway, era hermana gemela de la tragedia alemana de entreguerras. En Berlin Alexanderplatz, Fassbinder nos mostraba el descenso del protagonista Franz Biberkopf quien, tras asesinar accidentalmente a su novia y salir de prisión, se precipita hacia un destino aún peor.
Ambos artistas entendían que el amor no salva, solo tortura. Que la masculinidad frágil se convierte en violencia despiadada. Que las ciudades no son escenarios sino cárceles de almas. Fassbinder, fanático confeso de la Factory de Andy Warhol y la Velvet Underground, reconoció en Reed a un cronista de su misma oscuridad. Laurie Anderson, su última pareja, lo confirmaría décadas después: para Lou, ver la serie de Fassbinder fue como contemplar ese disco maldito proyectado en pantalla. Las palabras de Lou eran ahora imágenes en un Berlín real.
En 1976, mientras el disco de Reed ya era considerado un fracaso absoluto, Bowie e Iggy llegaron destruidos a Berlín Oeste buscando anonimato y limpieza. Grabaron la Trilogía de Berlín y The Idiot en Hansa Studios, cerca del Muro, viviendo en un apartamento simple de Schöneberg, pedaleando bicicletas como ciudadanos comunes. Estaban habitando la ciudad que Reed había soñado como pesadilla.
La diferencia sonora era brutal: donde Reed construyó sinfonías operáticas de la miseria, Bowie e Iggy encontraron el minimalismo frío y electrónica krautrock de Kraftwerk y Neu!. Dos visiones opuestas del mismo vacío infernal.
En la mente de Reed, sus discos anteriores eran siempre la peor basura imaginable, mientras que sus discos nuevos eran la mejor creación jamás imaginada. Berlin no fue la excepción. Reed se negó durante décadas a tocar el álbum completo, bajar tan profundo lo había dejado exhausto emocionalmente. No fue hasta 2006 que aceptó interpretarlo íntegro en una serie de conciertos documentados por el cineasta Julian Schnabel, acompañado por la cantante Anohni Hegarty, el guitarrista Steve Hunter y el mismo Ezrin.
Para entonces, la crítica había reescrito la historia: el "desastre patético" aparecía en todas las listas de obras maestras. Bowie se acercó a Laurie Anderson tras la muerte de Lou para decirle que Berlin era la cumbre absoluta de Reed, comparable a Brecht o Fassbinder, ese arte que el mundo tardó décadas en alcanzar a comprender y apreciar.
Bowie e Iggy Pop entendieron por qué Reed había elegido Berlín como su gran metáfora literaria. Al estar situada en la frontera de occidente y aislada del resto del mundo, Berlín era cualquier cosa que nuestra imaginación pensara que fuese.
Reed construyó el Berlín definitivo sin pisarlo nunca porque entendió que la geografía del dolor no necesita pasaporte. Solo necesita honestidad suficiente para mirar fijamente al abismo y describirlo nota por nota, sin parpadear.



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