Kanye West: Redención en México y Perdón al Genio que el Mundo Canceló
En 1970, la Ciudad de México tenía el título de la ciudad más poblada del planeta. Pero ese récord escondía una verdad oscura: apenas dos años antes, la masacre de Tlatelolco había convertido la Plaza de las Tres Culturas en un cementerio de estudiantes. La herida seguía abierta, sangrante. El régimen había declarado la guerra no solo a la disidencia política, sino también a su banda sonora: el rock, el pop y todo lo que oliera a contracultura.
En ese México amordazado, The Doors representaban exactamente lo que la dictadura temía. Jim Morrison no era solo un cantante: era un chamán del caos creativo, la encarnación misma de la rebeldía que el sistema quería exterminar. Para Morrison y su banda, conquistar la ciudad más grande de la Tierra no era solo una cuestión de ambición artística, era una declaración de guerra cultural. Para México, hubiera sido histórico.
El plan original era monumental: una serie de conciertos en la legendaria Plaza de Toros México, con capacidad para 40,000 almas por noche. Pero los números aterrorizaron al gobierno. The Doors podían convocar fácilmente a más de 100,000 personas en apenas un par de fechas. Para una dictadura paranoica, aquello no era un concierto: podía ser el preludio de una revolución. La respuesta fue brutal y calculada: el evento se redujo al Forum, un espacio elitista donde solo un puñado de jóvenes adinerados pudo testificar lo que debió haber sido una explosión masiva de energía transformadora.
La represión cultural no terminó ahí. Un par de años después, en 1971, Avándaro, el llamado Woodstock mexicano, encendió la mecha definitiva. Más de 300,000 jóvenes reunidos en un festival que el régimen interpretó como amenaza existencial. El resultado fue devastador: el rock y el pop quedaron prohibidos por décadas, confinados al underground de los llamados "hoyos funkys", espacios clandestinos donde la música sobrevivía como contrabando cultural. Recuerdo algunos conciertos casi marginales, prácticamente actos de resistencia: Alice Cooper en 1980 y Queen en 1981, ambos en el Estadio Universitario de Monterrey, como destellos fugaces de lo que pudo haber sido.
No fue hasta los años 90 que Rod Stewart rompió finalmente el muro de la censura. En aquel entonces, muchos pensábamos con cinismo que las estrellas internacionales venían a Latinoamérica únicamente a exprimir la nostalgia de un público olvidado desesperado, a vender recuerdos empaquetados de glorias pasadas. Y sí, algunos lo hicieron. Pero la globalización cambió las reglas del juego de manera irreversible. México dejó de ser el cementerio donde las carreras iban a morir para convertirse en territorio atractivo para artistas en pleno apogeo creativo. Guns N' Roses, The Rolling Stones, Paul McCartney, Metallica, U2: no vinieron a dar su último suspiro nostálgico. Vinieron a promocionar sus mejores álbumes, a coronar sus triunfos creativos más ambiciosos ante un público que finalmente podía recibirlos sin miedo.
Pero la historia no se construye solo con momentos de gloria. También se forja en la caída, en el exilio autoimpuesto, en la necesidad desesperada de encontrar un lugar donde sea posible reinventarse.
Esta vez, el protagonista fue el genio cancelado, Kanye West y su regreso a México después de 18 años.
West no llegó a México buscando explotar la nostalgia de sus mejores momentos. Llegó buscando algo mucho más urgente: redención. Necesitaba un santuario donde sentirse lo suficientemente seguro para volver a lanzarse al vacío creativo y recuperar su carrera, ese abismo que él conoce mejor que nadie. Su ciclo es predecible pero fascinante: impactar con genialidad innovadora, provocar con declaraciones incendiarias, generar controversia hasta el punto de ruptura, caer en desgracia pública, retirarse estratégicamente y regresar con fuerza devastadora. México se convirtió en la punta de lanza de su resurrección más reciente. Y no podía ser más simbólicamente perfecto: la Plaza de Toros México, ese mismo escenario de gloria y sangre que le fue negado a Jim Morrison, se convirtió en la metáfora perfecta de su carrera. Un regreso casi cósmico en el ombligo cultural de la Tierra.
West regresó cargado de todo lo que lo hizo legendario. Su trayectoria trascendió definitivamente lo comercial cuando descubrió "In the Air Tonight" de Phil Collins y decidió explorar territorios completamente inéditos del R&B y la electrónica experimental, dando vida a 808s & Heartbreak, uno de mis discos favoritos, en 2008. Ese disco fue tan disruptivo, tan emocionalmente desnudo, que pudo haber resucitado al mismísimo Patrick Bateman, transformándolo de psicópata yuppie en una especie de Robocop que lee a Stephen King en lugar de a Bret Easton Ellis: más humano, más vulnerable, infinitamente más peligroso.
Cuando Nick Cave, el sumo sacerdote del rock gótico, un artista que no regala elogios, reconoció públicamente a West como uno de los grandes genios musicales contemporáneos, no está siendo generoso ni condescendiente. Está constatando una verdad incómoda que muchos se niegan a aceptar: la locura y la genialidad siempre han sido vecinas de departamento, y Kanye tiene las llaves de ambos espacios.
El ciclo creativo de West es implacable en su repetición: llega cargado de creatividad sin límites aparentes, sube la temperatura cultural con innovación musical que rompe todos los esquemas establecidos, se monta a la cresta de la ola de la controversia mediática, cae estrepitosamente en el caos público, se recluye en el silencio estratégico y finalmente reinventa completamente el juego. Es un provocador innato, pero también un arqueólogo musical sin igual. Álbumes como Yeezus, The Life of Pablo* y Donda son pruebas irrefutables de su capacidad camaleónica para absorber influencias de los lugares más inesperados: Can, Gil Scott-Heron, Fela Kuti, Nina Simone, Aphex Twin, Nine Inch Nails, Fiona Apple, Suicide, Portishead, Miles Davis, Autechre, Prince. Una constelación de referencias que ningún otro artista de hip-hop había tenido el atrevimiento, la capacidad técnica, o la aidaz inspiración de integrar.
Que West haya interpretado "Everybody" de los Backstreet Boys en su concierto en la Plaza de Toros México no es una simple anécdota para fans nostálgicos. Es un puente emocional que conecta generaciones y experiencias. Para mí, esa canción evoca visceralmente mi primer día de trabajo: sonando a todo volumen en el estacionamiento de aquel local comercial, marcando mi entrada sin retorno al mundo adulto, la banda sonora involuntaria de mi primer vuelo en solitario hacia la responsabilidad. West en su reinicio, trajo a la mente un reinicio en mi vida. Kanye entregó también "Power", con sus poderosos samples de King Crimson que transforman rock progresivo en himno megalómano. Ejecutó la brutal y devastadora "Runaway", esa disculpa de once minutos que funciona como autorretrato perfecto y que a veces es escabrosamente cómo verse al espejo. Perobel arte de Kanye trascende de manera brutal. Están los temas con samples de Can, esa banda alemana de krautrock que nadie esperaría encontrar en un concierto de hip-hop. O los de Steely Dan, algo verdaderamente inédito en el género, una herejía musical que solo Kanye podía convertir en bendición. Hasta el legendario Lou Reed, un hombre notoriamente difícil de impresionar, habló maravillas del disco Yeezus, comparándolo con grandes obras de la vanguardia musical.
Así ha trascendido West más allá de sí mismo. Así ha dado nacimiento a toda una nueva ola de música que domina actualmente el panorama mundial: Travis Scott, Kid Cudi, Playboi Carti. Todos llevan su ADN creativo. Un nuevo tipo de hip-hop que siente más de lo que piensa, que prioriza la atmósfera sobre la lírica, la emoción sobre el mensaje político explícito, en ocasiones colaborando con otro genio creativo como Mike Dean. Otras creando joyas incomprendida como el Jesus is King, que Rosalía tomó, quitó el gospel y agrego música clásica para presumir que había inventado algo nuevo con Lux.
México no fue solo un concierto más en una gira internacional. Fue el lugar donde Kanye West recordó, y nos recordó, que puede caerse mil veces, estrellarse contra el suelo de la cancelación cultural, pero siempre encuentra la forma de volver a levantarse. Y esta vez, lo hizo en el escenario históricamente correcto: un país que sabe mejor que nadie lo que significa prohibir el arte, perseguir la creatividad, censurar la expresión... y, finalmente, después de décadas de aprendizaje doloroso, perdonar al genio y darle el espacio que necesita para crear.



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