
Nací en una vecindad al sur de la ciudad, no alcance a llegar al hospital porque según me dijo mi padre que ese día un camión urbano transformó su Volkswagen blanco en un gigantesco acordeón (desde ahí iniciaría mi afición por la música?), mientras este estaba estacionado afuera, la dueña de la vecindad una señora ya grande se encargó de recibirme, por eso fui bautizado en su pueblo natal y ella fue mi madrina, lejos, en la sierra, algo a lo que aún no le encuentro mucho sentido, pero que me sirvió para realizar un hermoso viaje hace 2 años, y el viaje aún no termina.
La vieja vecindad aún sigue ahí, es de otro color, la cochera dónde festeje mi primer año de vida (y dónde sorprendía todos pegándole a la piñata y dándole mordida al pastel, muchos niños lo hacen hasta su segundo año, antes ya los había sorprendido hablando hasta por los codos y lo haría después leyendo Spider-Man antes de entrar a la escuela)sigue ahí, aunque su tamaño me parece muy pequeño ahora, me la encontré por casualidad hace unos 5 o 6 años, cuando escape del centro de la ciudad por el espantoso tráfico.
Recuerdo que la vecindad tenía un enorme patio central y en el centro estaba un enorme árbol del que colgaba un extraño juguete, era algo así como la figura de un payaso al que le jalabas los pies o los brazos y este subía o bajaba graciosamente, al lado había una casa repleta de gallinas en el patio, las cuales era posible ver a través de la pared, cual sueño “Buñueliano” disfrutaba ver a través de los orificios de la pared y ver aquellas gallinas corriendo una tras otra, al fondo de aquel gran patio había un cuarto de “triques” chatarra, cosas que ya no se usaban, fierros viejos y oxidados a dónde no nos dejaban entrar, pero a cuyo interior se podía ver a través de una ventana, recuerdo que solíamos decir que ahí vivía un monstruo y que mi madrina lo había encerrado ahí.
Nosotros vivíamos en el segundo piso, desde dónde se podía ver el otro lado de la montaña y el mar, si un mar que solo debió existir en mi imaginación, pero por alguna razón lo mencionaba mucho de niño (hoy en día se yerguen enromes edificios en “aquel mar”.
En mi país vivir en una vecindad puede resultar incómodo para algunos, poco espacio, convivencia con otros (recuerdo que mis vecinos eran mariachis y ahí conocí las guitarras, los violines y las trompetas) bullicio, pero yo tengo bonitos recuerdos de ese lugar, las vecindades del centro del país son más grandes, tienen en la entrada su patio principal, pasillos y otro patio, más pasillos y más patios, entre más se adentraba uno, los cuartos son más humildes y las rentas más económicas, la gente de los patios delanteros pudiera pensarse que son más “pudientes” que las de los patios traseros, pero a fin de cuentas todos viven en el mismo lugar.

Inglaterra tiene sus The Specials, Argentina tiene sus Fabulosos Cadillacs, Francia su Mano Negra, hasta Estados Unidos tenían su Operation Ivy, y más recientemente a Fishbone, y en México tenemos a la Maldita Vecindad y los Hijos del Quinto Patio, agrupaciones de ritmos contagiosos con influencias de Jamaica, África, de pop y de punk, serían las Maldita Vecindad los encargados de introducir verdaderas raíces nacionales al rock, no esos Bon y los Enemigos del Silencio y su rock casi anglo, o los Caifanes y su copia barata de The Cure, o Café Tacuba, salidos de bandas que pretendía tocar new wave e imitar a los Violent Femmes, la Maldita Vecindad tenía sus raíces en discos poco usuales, poco “rockeros”, y ya estaban las semillas de ese sonido en su anterior versión, de nombre Trolebús 8quienes grabaran el clàsico "En Sentido Contrario"), a diferencia de Café Tacuba o los Caifanes, Trolebús fue verdaderamente parte del movimiento de rock urbano del país, ese movimiento que tuve que irse a las afueras de la ciudad, a la clandestinidad para sobrevivir, luego de que la represión policía arreciara y el tener el pelo largo fuera una excusa suficiente para ser molestado y arrestado, Trolebus sonaba a ciudad, un grupo de rock urbano encabezado por el inolvidable Choluis, una especie de Rockdrigo Gonzalez elèctrico.
A diferencia de Café Tacuba o los Caifanes, La Maldita Vecindad no eran tan pretenciosos o tan “arty”, sus miembros no eran totalmente caucásicos y desde sus inicios ya tenía esa identidad un tanto autóctona, un tanto urbana (que después adoptarían los CT y los Caifanes y cuanta más banda quisiera ser parte del “Rock En Español”)
El rock nacional nunca despegó porque poco tenía que decir fuera de su pequeño terruño, Caifanes eran demasiado “góticos” para el sur del país y Café Tacuba demasiado “chilangos” para el norte, Maldita Vecindad se uniría en algunas giras con Mano Negra, incluso con Janes Addiction, quienes en aquella época se habían obsesionado con la parafernalia nacional (sólo vena la portada original del clásico Ritual de lo Habitual) inspirado por una gira junto a LMV.
Recuerdo que cuando amigos salían del país con sus discos de Caifanes, Café Tacuba y LMV, los vecinos del norte inmediatamente identificaban las obvias influencias de los primeros dos grupos y decían que LMV tocaba rock de mariachis, quizá porque no estaban tan acostumbrados al sonido de los metales (después de todo Operation Ivy era más punk y no tenía metales, y Fishbone aún era desconocido para poder comparar.
Bill Laswell produjo un disco, el cual por problemas legales se congeló y adquirió un cierto estatus de leyenda, su anterior disco reflejaba fielmente lo que algunas veces representa este país y sus grandes ciudades, un circo, en el conviven feroz ska punk, pop africano, danzòn y hasta una bizarra pero sensible versión de Querida, de nuestro Elthon John nacional (Juan Gabriel).

En su momento no fue un disco que yo apreciara, ya que nunca fue muy de mi agrado el movimiento del rock en español, no por malinchismo, al contrario, siempre lo relacione con música española o argentina (como los Hombes G, Enanitos Verdes y Soda Stereo) que no me agradaba mucho, aunque Duncan Dhu y Soda Stereo tenían momentos rescatables, fuera de eso, la mayor parte de las bandas nacionales sonaban a copia-carbón de alguna banda extranjera, aunque los Caifanes se cansaran de mencionar el nombre de José Alfredo Jimenez o Agustín Lara (como los Aerosmith que juraban que su más grande influencia era Cream y los Stooges y decían ni siquiera haber escuchado a los Stones) lo que se ve, no se puede negar, y peor para él que lo haga, pero en medio de aquella maraña de comercialismo, un sinfín de bandas navegaban en aguas profundas, bandas como El Haragán, El Tri en su época del monumental Simplemente, antes de su decadencia musical y auge comercial, etc. Y probablemente uno de los grupos más innovadores y poco reconocidos (aunque este disco fue una bomba de ventas) tal vez el grupo no subo como continuar, no recibió apoyo suficiente para sacar su música a otros países (que yo sepa El Circo no se editó fuera del país) y ese disco legendario grabado con Laswell que pudo haberlos catapultado a un nivel más importante a nivel mundial.
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