Black Flag: Mi Guerra
Franz Kafka y Friedrich Nietzsche eran las lecturas de cabecera de Henry Rollins en 1984. Greg Ginn escuchaba Black Sabbath de manera obsesiva. Para ese momento, Black Flag ya no era la banda furiosa de sus inicios. Años de disputas legales la habían golpeado de verdad y algo en su interior había cambiado de forma irreversible. La violencia juvenil del hardcore ya no les interesaba. Lo que les interesaba era la paranoia pura. Ese es el sonido de My War. ¿Era un guiño perverso a My Struggle?
Black Flag estaba en guerra con la escena y en guerra consigo misma. Mientras bandas como B'last exploraban los territorios que Black Flag había abierto con Damaged, ellos querían ir más lejos. Pero avanzar tenía un precio que nadie en esa escena estaba dispuesto a pagar: dejar de ser los favoritos.
La primera parte de My War todavía guarda algo de lo anterior. Hay velocidad. Hay confrontación. Hay ecos de lo que los hizo indispensables. Pero en la segunda parte ocurre algo distinto. Black Flag ya no suena como antes. Suena como otra cosa completamente. Comienza con The Swinging Man, lo más cerca que una banda de hardcore punk ha estado del free jazz, y desde ahí no hay vuelta atrás.
Greg Ginn se vuelve lento y repetitivo de una forma abrumadora. No busca enganchar. Busca insistir hasta incomodar. Henry Rollins ya no le grita a la audiencia. Ahora se aplasta a sí mismo. Se maldice. Se encierra en su propia cabeza y no te deja salir. Nothing Left Inside debió ser un golpe despiadado en la cara de quienes esperaban otro Damaged.
Black Sabbath, Flipper y Saint Vitus se convierten en los nuevos ídolos dentro del universo de Black Flag. Ese cambio no es sutil. Se siente en cada riff que avanza pesado, en cada ritmo que parece arrastrarse, en cada momento donde la tensión no explota sino que se queda ahí, presionando sin piedad. Three Nights es el rompimiento total con el punk. No hay negociación. No hay concesión.
La segunda parte de My War no solo busca incomodar. También busca ponerte en trance. Te obliga a quedarte. Te obliga a escuchar cómo el tiempo se estira hasta que duele. Para la escena hardcore esto fue una traición. Las expectativas quedaron hechas pedazos. De pronto Black Flag escuchaba free jazz, a los Grateful Dead y heavy metal de forma obsesiva, y eso se filtraba en cada rincón del disco sin pedir permiso.
My War es el sonido de una banda cavando un túnel de forma dolorosa en medio de la oscuridad. No hay luz al final. Solo proceso. Solo insistencia. Solo una idea que se repite hasta que cambia tu forma de escuchar.
Al otro lado, alguien estaba poniendo atención. Los Melvins. Eyehategod. Las semillas del grunge y del sludge ya estaban siendo plantadas aquí, en este momento incómodo, denso y necesario. A veces avanzar no se siente como avanzar. A veces se siente como quedarse atrapado en el mismo riff hasta que algo dentro se rompe. Entonces algo nuevo empieza.

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