Herzog, Aguirre: Sueños en el Infierno Verde

 


La primera vez que vi Aguirre, La Ira de Dios, tenía unos doce años. La visión ocurrió en una videocasetera Betamax en casa de mis primos, que vivían cruzando la calle de donde yo vivía. En aquel tiempo, para comprar una videocasetera en México tenías que ir con un contrabandista y hacer la compra a escondidas. Pocas personas tenían una. En mi casa no teníamos. Mi tío la compró a un contrabandista en Matamoros, Tamaulipas, junto con varias películas. Star Wars era una de ellas. También llegaron Romancing the Stone, Rocky, Platoon y Aguirre, La Ira de Dios. Por alguna razón extraña, un sábado por la tarde vimos primero Romancing the Stone, con Michael Douglas y Kathleen Turner, y después Aguirre. Hoy me parece irónico que hayamos visto las dos cintas ambientadas en la selva sudamericana el mismo día.  


Aguirre se quedó en mi cabeza muchos años, más como un sueño, que como una película. Algo que no sabía exactamente si había ocurrido o no. Casi diez años después vi el póster en la Cineteca Nacional de la Ciudad de México, y tuve un flashback. Era un ciclo dedicado a Werner Herzog. Ese día exhibían Aguirre. ¿Casualidad? No lo sé. Entré a verla y quedé fascinado. No era un sueño. La película era real. Desde entonces Herzog se volvió uno de mis directores favoritos.  


Cuando pienso en Herzog, sobre todo en esas películas donde la naturaleza se convierte en uno de los protagonistas, me viene a la mente el cómic de The Swamp Thing, en especial las historias escritas por Alan Moore. Pienso que Herzog debió hacer una cinta con ese personaje de los pantanos. Hubiera sido una mezcla de Aguirre y Bad Lieutenant: Port of Call New Orleans. Wes Craven hizo una versión de The Swamp Thing, pero dejó mucho que desear.  


Volviendo a Aguirre, es una de mis películas favoritas de Herzog. Para muchos es una de sus mejores. Lo que más me mueve de la cinta es su capacidad onírica. Es como un sueño, como una pesadilla, y así se quedó en mi mente casi una década. Las actuaciones y el manejo de la fotografía son hipnóticas. La música de Popol Vuh, esa banda alemana de krautrock de los 70s, suma aún más al trance.  


Como mucho del cine de Herzog, Aguirre es una cinta kamikaze. Era vencer o morir. Como los antiguos conquistadores españoles, Herzog quemó sus barcos y no dio marcha atrás. Por un lado estaba la furiosa naturaleza, siempre antagonista en sus películas. Por otro, el manejo de alrededor de trescientos actores en condiciones complicadas. También el escaso presupuesto. Y por si fuera poco, Klaus Kinski, que se llevaba de sueldo gran parte del dinero para la película. Herzog lo mantenía furioso y cansado de manera constante, para que representara mejor a su personaje. La mayor parte del equipo y de los actores querían matar a Kinski.


Cuenta la leyenda que Herzog escribió la historia en una máquina de escribir, con una sola mano, en el viaje de regreso después de un partido de fútbol. También se dice que un compañero de viaje vomitó sobre algunas hojas del guion y esas páginas se perdieron para siempre. Se decía que se había inspirado en las historias de los conquistadores españoles. Al final Herzog aclaró que no. La historia era ficticia y solo se había inspirado en el personaje de Lope de Aguirre, alias El Loco.  


La película muestra el descenso de un grupo de españoles desde la región inca en los Andes, hacia la selva y el Amazonas, en busca de una supuesta ciudad de oro llamada El Dorado. Ese descenso es en realidad hacia un infierno verde, como en la canción de los Misfits, o un descenso a la locura. Aguirre en manos de Kinski y Kinski en manos de Herzog es la representación de la locura. De la locura de ambos. Mientras Aguirre es reducido a nada por la feroz naturaleza, Herzog conquista los Andes y el Amazonas y pide a los actores que no maten a Kinski, por lo menos no hasta terminar el rodaje.  


Cómo en gran parte de su filmografía, Aguirre representa la obsesión de Herzog por la obsesión humana. Algunos años después, Herzog volvería a las mismas tierras para, obsesionado otra vez con la misma fuerza, conquistar nuevamente aquel hostil territorio y mover un barco atraves de una montaña en Fitzcarraldo.

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