El Diablo Viste Como Björk

El diablo, en realidad, nunca vistió Prada. Anna Wintour, editora en jefe de Vogue y la figura en quien se basa el personaje de Miranda Priestly, era más afín a Chanel (la marca más popular hoy en díade acuerdo al índice Lyst), pero para efectos de la mercadotecnia sonaba mejor Prada. Si Malcolm in the Middle pudo regresar triunfante luego de 20 años, ¿por qué The Devil Wears Prada no podría?


Todo lo que sé de moda lo aprendí viendo The Devil Wears Prada, Betty la Fea y Sex and the City unas diez veces con mi esposa y mis hijas. The Devil Wears Prada 2 es una comedia romántica, romcom como dicen ellas, aunque esta vez vi honestamente menos romance que en la primera entrega. Me pasa algo parecido a lo que sentí con Materialists, donde había algo más oscuro debajo de la superficie de la comedia romántica. La nostalgia aparece de nuevo como combustible narrativo, pero aquí no se abusa de ella. Lo que hay en cambio es una disección clara de la actualidad que me resulta bastante más interesante que cualquier viaje al pasado. Slavoj Žižek y yo podríamos ver aquí una película completamente distinta a la que muchos vieron en la misma sala de cine.


Esta vez Miranda Priestly, Andy Sachs, Emily Charlton y Nigel enfrentan un escenario casi catastrófico: el mundo editorial de la primera cinta colapsa ante el embate de la era digital, los algoritmos y el contenido efímero. Lo que antes era poder puro ahora lucha por sobrevivir. Incluso la alguna vez prestigiosa revista Runway, dirigida por Priestly, corre peligro de desaparecer. Irónicamente la primer cinta introdujo a muchos al mundo de la alta moda, ahora la segunda cinta, anuncia el inicio del colapso.


De Meryl Streep, Anne Hathaway y Emily Blunt no se puede esperar menos. Al elenco original se suman nombres que pesan: Lucy Liu, la icónica O-Ren Ishii de Kill Bill; Kenneth Branagh, el brutal Andrei Sator de Tenet; Justin Theroux, el memorable Kevin Garvey de The Leftovers. La dupla principal debe encontrar la manera de salvar la revista impresa, y eso, en este momento histórico, es casi como intentar salvar algo que el mundo ya decidió dejar morir.


Y ahí está la gran revelación de la cinta: el diablo ya no es Miranda Priestly. El diablo ahora es la obsolescencia. Esa observación cobra un peso enorme cuando somos testigos, en la vida real, de Jeff Bezos apareciendo en la semana de la moda en París después de despedir por correo electrónico a cientos de colaboradores del Washington Post, o de Mark Zuckerberg sentado en primera fila al lado de Miuccia Prada. La ficción y la realidad se miran a los ojos y ninguna de las dos parpadea.


La verdadera apuesta de la cinta, más allá de la tradición del romcom, es la supervivencia del mundo de la alta moda y los medios impresos que la acompañan. Hoy, los diseños presentados en una pasarela pueden ser replicados en días y puestos a la venta en versiones accesibles gracias a la inteligencia artificial, como hace Zara. Y ahora Zara tiene a John Galliano. Las tendencias ya superaron el fast fashion y se convirtieron en ultra fast fashion, cambiando casi a diario según los dictados de TikTok y Shein. Vivimos en un momento donde el mayor elogio posible es ser llamada "icónica" (cómo Meryl Streep), tal como Justin Bieber llamó a su esposa Hailey, y esa palabra ya no le pertenece a nadie en particular porque se la apropiaron todos al mismo tiempo.


En algún momento de la historia, el heredero de la editorial dueña de la revista Runway decide venderla a uno de los llamados "techbros", que podría ser Bezos, Zuckerberg o Elon Musk: alguien que no tiene ni idea de qué hacer con ella, exactamente como pasó con Bezos y el Washington Post, o con Musk y Twitter. Ya no se trata solo del poder. Se trata también de la obsolescencia y de la reinvención.


Incluir la presentación de Lady Gaga en la cinta no es casualidad. Gaga está atrapada en ese mismo triángulo de poder, obsolescencia y reinvención que vivió Madonna, en un momento en que figuras del novel hyperpop como Charli XCX parecen haberle arrebatado la vanguardia del protagonismo. La pregunta que nadie hace en voz alta es cuánto tiempo tarda una vanguardia en volverse nostalgia.


Tal vez la respuesta está en la camiseta de Björk que Andy usa en una escena. Björk no solo se aleja de los reflectores cuando quiere. Dicta su propia moda, impone sus propias tendencias y se reinventa en cada disco sin pedirle permiso a nadie. En un mundo que cambia de piel cada 48 horas, eso ya no es rareza. Eso es poder. El personaje de Lucy Liu, Sasha Barnes, bien podría ser la representación de MacKenzie Scott, ex esposa de Jeff Bezos, o quizá Priscilla Chan, esposa de Mark Zuckerberg. Tal vez simplemente es Björk. 


Pienso que si el diablo vistiera a la alta moda, vestiría Balenciaga, Vetements, o tal vez Comme des Garçons: marcas que no siguen tendencias porque ellas mismas deciden qué es una tendencia. Björk opera exactamente con esa misma lógica.


Tal vez fue ella quien enseñó al diablo a vestirse.

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