Desaliento de México
Desaliento de México
Por
Enrique Krauze
Tomado
de: Letras Libres
La irrupción brutal de la violencia ha sido la mayor
sorpresa del siglo xxi en México. No habíamos vivido nada similar desde la
Revolución mexicana, pródiga en atrocidades: ejecuciones y masacres,
secuestros, asaltos, saqueos, extorsiones. Más de un millón de personas
murieron violentamente entre 1910 y 1920. Entre 2007 y 2014, más de 180,000
mexicanos fueron asesinados por motivos relacionados con el crimen organizado.
El golpe de gracia para muchos mexicanos ocurrió en
septiembre de 2014 en Iguala: la desaparición y probable asesinato de 43
estudiantes de la Escuela Normal de Ayotzinapa. La tragedia fue obra de una
alianza entre grupos de narcotraficantes, policías y políticos corruptos. La
reacción nacional ha sido de furia. “Quien fomenta la violencia es el
gobierno”, declaró Francisco Toledo, el mayor artista visual de México. Ha
habido muchas otras masacres en los años recientes (la de 72 migrantes
centroamericanos en San Fernando, Tamaulipas, y la de 52 personas en el Casino
Royale en Monterrey, ambas en 2011), pero ninguna alcanzó el impacto nacional e
internacional de Iguala, tal vez porque su escenario fue Guerrero, uno de los
estados más pobres y violentos de México, y quizá también porque las víctimas
fueron estudiantes, como los que cayeron en la Plaza de Tlatelolco durante la
represión gubernamental del movimiento estudiantil de 1968.
La violencia, obviamente, genera sentimientos de
inseguridad que cerca del 70% de los mexicanos admite padecer. Ante el riesgo
de perder la propiedad o la vida, las posibilidades de reparar el daño o de que
los responsables de cometerlo sean castigados son prácticamente nulas. Casi
nadie denuncia los delitos. Y para complicar el cuadro, en muchos municipios,
especialmente en Tamaulipas, Morelos y Guerrero, la gente abriga sospechas bien
fundadas sobre la connivencia entre criminales y autoridades. El Estado
mexicano, en su conjunto, ha sido ineficaz para combatir el crimen y ha
fracasado en reducir, así sea mínimamente, la plaga de la impunidad. Debido a
todo ello, la sociedad mexicana vive en un estado de vulnerabilidad, zozobra y
desánimo.
¡Qué distinto se vislumbraba el futuro en 2000! La
fuerza de los votos deshizo los ejes que mantenían el viejo “sistema” (término
que se usaba para describir el monopolio político cuidadosamente operado por el
pri). En 2000, por primera vez desde 1929, el pri no solo perdió la presidencia
frente al panista Vicente Fox sino también la mayoría en ambas cámaras del
Congreso. Clave fundamental en este proceso de cambio fue el trabajo
independiente e imparcial del Instituto Federal Electoral. Aunque establecido
en 1990, alcanzó su plena autonomía y efectividad en 1996. Debido a la derrota
del pri y al cambio de gobierno, los poderes del presidente disminuyeron y se
acotaron. Hasta entonces, la presidencia mantenía las atribuciones de una
monarquía absoluta, entre ellas, la instalación de un nuevo emperador cada seis
años. Pero desde 2000, como fichas de dominó (y por voluntad de los electores
que preferían otras opciones como el pan y el prd) muchas gubernaturas y
alcaldías comenzaron a caer fuera de la esfera del pri.
Esta pérdida del control por parte del Revolucionario
Institucional tuvo otra derivación, no menos sorprendente: promovió la plena
libertad de expresión en todos los medios. Hasta 1994, a través de la presión
económica o política, el “sistema” censuraba la radio y la televisión. La radio
ofrecía alguna resistencia pero la televisión privada se avenía totalmente al
control gubernamental, proyectando en su pantalla solo la versión oficial y
fungiendo –en palabras de su fundador principal– como “un soldado del pri”.
Todo esto cambió al final del siglo. México vivió su propia “revolución de
terciopelo”. La plena libertad de expresión y de crítica se volvió habitual en
los medios.
Con esos cambios históricos, muchos pensamos que la
democracia, como ideal y como un proceso político ordenado, traería consigo una
era de paz, prosperidad y justicia. Fue una ingenuidad. Ahora, a dieciséis años
de distancia, México padece una profunda insatisfacción con el funcionamiento
de su democracia. Existe incluso, en algunos círculos, la impresión de que la
transición no ocurrió en 2000 y de que el orden actual no merece siquiera
llamarse democrático. Cualquiera que sea su grado, esta insatisfacción,
expresada abiertamente en los medios y las redes sociales, es en sí misma un
indicio de salud democrática, porque revela una exigencia de soluciones
efectivas que contrasta con el clima de censura y autocensura prevaleciente en
México a lo largo de casi todo el siglo xx. Y sin embargo, decepcionados con el
estado actual de la democracia, muchos mexicanos piensan de modo distinto.
México es muchos Méxicos. Amplias regiones del país
viven en paz, pero las razones de su tranquilidad pasan casi inadvertidas.
Piénsese, por ejemplo, en el extenso territorio central del Bajío, que
comprende los estados de Guanajuato, Querétaro y Aguascalientes. Gracias a sus
exportaciones (que incluyen automóviles, computadoras y aviones) las economías
de esos estados han crecido de manera consistente a tasas anuales del 4.5, 6.4
y 11.3%. El turismo florece en zonas como Yucatán y Quintana Roo. La propia
Ciudad de México, sin estar libre de inseguridad, puede ufanarse de su rica
vida cultural y sus sólidas instituciones de educación y salud, tanto públicas
como privadas. Y en fin, comparada con otras naciones de América Latina, la
economía mexicana es mucho menos dependiente de la producción petrolera gracias
al crecimiento general del comercio y los servicios, la producción agrícola y
manufacturera, así como del turismo y las remesas que envían los mexicanos que
trabajan en Estados Unidos.
No obstante, para muchos de nuestros ciudadanos, en
especial para los jóvenes, todo esto puede pasar desapercibido. Lo cual es
perfectamente comprensible debido a que en el otro México han sucedido, de
manera incesante, hechos terribles: asesinatos de estudiantes, periodistas y
alcaldes, escándalos de corrupción, airadas huelgas de maestros, la aparición
de nuevos cárteles de la droga, choques sangrientos entre los militares y el
crimen organizado, linchamientos de criminales locales o de sospechosos por
parte de ciudadanos iracundos. Este es el México que atrae la atención de la
prensa nacional e internacional, el que lo ha convertido en sinónimo de “drogas
y crimen”.
El vasto sentimiento de insatisfacción y desánimo en
México ha sido rigurosamente documentado en “Veinte años de opinión pública
Latinobarómetro 1995-2015”, el informe reciente de Latinobarómetro, empresa
chilena dedicada a medir la opinión pública latinoamericana. El reporte
consigna que mientras que cerca del 40% de los latinoamericanos se considera
satisfecho con los gobiernos democráticos, únicamente el 21% de los mexicanos
dice estarlo, no tanto por fallas intrínsecas del sistema democrático (que un 60%
considera mejor que cualquier alternativa) sino por el desempeño de los
políticos. Según Latinobarómetro, el presidente Enrique Peña Nieto alcanza un
35% de aprobación (solo superior, en la región, a Nicolás Maduro de Venezuela,
Dilma Rousseff de Brasil, el peruano Ollanta Humala y Horacio Cartes de
Paraguay). La fe de los mexicanos en el Congreso es aún más baja, lo mismo que
la confianza en los partidos. La inmensa mayoría (cerca del 80%) cree que en
México no hay elecciones limpias, que el combate a la corrupción ha sido
ineficaz y que el gobierno no sirve al bien del pueblo. En todos esos temas,
las actitudes a lo largo de América Latina son menos severas.
Tres de cada cuatro encuestados mexicanos revelan un
“sentimiento de deterioro económico nacional”, extrañamente similar al de
países que están en situación mucho peor, como Venezuela, Honduras, El
Salvador, Guatemala y ahora Brasil. Otro problema serio es la delincuencia, que
en casi toda la región se percibe como un riesgo más grave que el desempleo.
México no podría ser la excepción, pero lo más alarmante es la sensación de
inmediatez del peligro: más de la mitad dijeron haber sido víctimas recientes
de un delito o conocido a alguien que lo ha sido. Solo en Venezuela se vive con
mayor temor al crimen.
El desánimo, como un estado de depresión nacional, es
una amalgama que lo enturbia todo. La persona que lo padece no hace
distinciones ni admite los matices necesarios. Entre las varias causas de ese
estado de ánimo, enumero algunas. A lo largo de tres décadas, a pesar del
progreso relativo, la economía de muchos mexicanos se ha estancado. El
crecimiento promedio nacional anual en el periodo ha sido de un 2.7%.
Adicionalmente, de acuerdo con el Consejo Nacional de Evaluación de la Política
de Desarrollo Social, entre 2010 y 2014 la pobreza se mantuvo en niveles
elevadísimos: en 2014, 55.3 millones de mexicanos vivían en esa circunstancia.
Existe una enorme y evidente brecha de desigualdad entre los muchos billonarios
mexicanos y las mayorías, cuya condición es tan lacerante como visible. Como si
esto no fuera suficiente, estudios recientes de la Organización para la
Cooperación y el Desarrollo Económicos han señalado los enormes costos
administrativos que deterioran los servicios de salud mexicanos.
Una causa adicional de desencanto es generacional.
México es un país de jóvenes. Las dos generaciones más recientes –la llamada
Generación x, nacida entre 1965 y 1980, y los Millennials, nacidos de 1981 a
1995– componen el 70% de la población y, como es natural, se inclinan por poner
poca atención a las tendencias económicas positivas porque siendo adultos no
experimentaron los puntos bajos de la historia reciente de México: las
inflaciones y el desabasto de alimentos en los años setenta, la quiebra financiera
nacional de 1982 (debida al papel excesivo del Estado en la economía y a la
dependencia del petróleo, cuando los precios mundiales se derrumbaron) o aun
los desastres económicos de los noventa, que expulsaron a millones de mexicanos
hacia Estados Unidos en busca de una vida mejor. Aunque el cuadro
macroeconómico ha mejorado, muchos jóvenes se sienten relegados por la
congelación de los salarios y el alto costo de la vida. El ciclo 1970-2000,
todavía bajo el antiguo sistema del pri, deterioró los salarios, dejó una
inmensa deuda per cápita, bajísimas reservas y alta inflación. El ciclo
posterior ha revertido algunas de esas tendencias (incluida la emigración) y ha
permitido a México sortear ligeramente mejor que el resto de los países de
América Latina las crisis posteriores a 2007, incluida la actual caída de los
precios petroleros y la devaluación del peso frente al dólar.
Hay una falta similar de memoria viva en el ámbito de
la política. Argentina, Uruguay y Chile, que hasta los años ochenta padecieron dictaduras
militares, aprecian más la democracia. Pero para las generaciones jóvenes de
México el “sistema” pertenece a la prehistoria. Tal vez si conocieran las
bárbaras costumbres electorales de México en el siglo xx serían menos
pesimistas. Entonces las elecciones eran básicamente un teatro diseñado y
organizado por el propio gobierno para asegurar el triunfo de sus candidatos a
todos los puestos: la presidencia de la república, 32 gubernaturas, las
legislaturas federales y estatales, cerca de dos mil quinientas presidencias
municipales. En los años treinta, cuarenta y cincuenta, a los votantes de
oposición (que un presidente llamó displicentemente “místicos del voto”) se les
intimidaba o silenciaba a balazos. Con el tiempo, el pri desarrolló una verdadera
tecnología para desvirtuar el sufragio: adulteración del padrón electoral,
brigadas de voluntarios que votaban en varias casillas, voto de personas
impedidas para ejercer ese derecho (como niños o ancianos incapacitados). Hasta
los muertos votaban. En 1988, el repertorio se enriqueció con la manipulación
electrónica de resultados, que permitió al pri robar la elección presidencial.
Sería absurdo e injusto culpar a los jóvenes por no
recordar aquello que no vivieron. Todas las generaciones de la historia están
condenadas a esa amnesia. Quizá nosotros, las generaciones mayores, hemos
fallado al momento de transmitirles adecuadamente lo que fue la historia del
“sistema”. Los grandes errores económicos o las manipulaciones políticas de
esos años no se enseñan en las escuelas. Y, aparte de la conmemoración anual de
la masacre de estudiantes en Tlatelolco en el 68, el pasado inmediato no está
presente en el debate público.
Pero más allá del tema de la memoria, importa entender
que la situación política de hoy es muy distinta. Fuera de las inadmisibles
prácticas de inducción del voto a través de sobornos o la persuasión mediática
a favor de un candidato, casi todas las tácticas del pri han quedado en el
olvido. En las elecciones presidenciales, la participación creció de un 58% en
el año 2000 al 62% en 2012. Tradicionalmente, las elecciones intermedias
atraían pocos votantes, pero en las de junio de 2015 (donde se elegían
diputados federales y varios gobernadores y alcaldes) cuarenta millones de
mexicanos acudieron a las urnas, cifra equivalente al 48% del electorado, algo
más alta que en los comicios intermedios de 2009. Más de un millón de
ciudadanos contaron los votos y supervisaron la jornada electoral. Se
registraron, es cierto, algunos incidentes de violencia en los convulsos
estados de Guerrero y Oaxaca, pero a diferencia de las elecciones de 2006 y
2012 hubo pocos reclamos de fraude.
Antes de 2000, los candidatos pertenecían casi en su
totalidad al género masculino, y unos cuantos partidos marginales contendían
contra el pri, que invariablemente ganaba casi todos los puestos. En las
pasadas elecciones intermedias de 2015 las mujeres contendieron en una
proporción mucho mayor y, como resultado, el 42% de la representación nacional
es femenino. En 2015 hubo una pluralidad de opciones partidarias e ideológicas
(el pan, el pri, el prd y otros partidos pequeños propusieron candidatos, pero
también Morena, el partido de Andrés Manuel López Obrador). Y por primera vez
participaron en los comicios candidatos independientes sin filiación con los
partidos registrados. Más importante aún fue la voluntad del ciudadano de
castigar al gobierno en turno: en cinco de los nueve estados en donde se
celebraron elecciones para gobernador triunfó la alternancia. En la Ciudad de México
la mayoría de las delegaciones pasaron a partidos opuestos al prd favoreciendo
en especial a su rival Morena. En la Cámara de Diputados el pri necesitó el
concurso de su satélite (el Partido Verde) para asegurar una mayoría
calificada. En suma, al menos en términos de participación electoral, equidad
de género, diversidad y competitividad de opciones, alternancia en los puestos
y honestidad electoral, puede decirse que la democracia mexicana vive y
funciona mejor que en el pasado.
En otros aspectos, comparado al régimen que imperó
hasta fines del siglo xx, el orden actual es preferible. Los ejes del “sistema”
no se han restablecido. La presidencia tiene poderes acotados y la división de
poderes –que era una ficción– es real. El Banco de México es autónomo, lo mismo
que la Suprema Corte de Justicia. El papel crítico de la prensa y la radio (no
la televisión) habría sido inimaginable en aquellos tiempos. Y a esos medios
tradicionales se aúnan ahora las redes sociales, juez ubicuo e implacable,
aunque no siempre de fiar. La gigantesca Ciudad de México, donde el gobierno
masacró a los jóvenes del 68, es ahora una de las ciudades más abiertas y
liberales del mundo en términos de política, religión, ideología y derechos
sexuales.
¿A qué se debe entonces la aguda inconformidad con el
funcionamiento de la democracia? La falta de memoria histórica es una causa
genuina, pero menor. La mayor apunta a tres palabras vinculadas en la
imaginación pública –y en la realidad– con la política y los políticos:
corrupción, violencia e impunidad.
“La corrupción –escribió Gabriel Zaid en 1986– no es
una característica desagradable del sistema político mexicano: es el sistema.”
Desafortunadamente, tenía razón. La corrupción era el verdadero modus operandi
del pri. Más que un partido, el pri era un mecanismo de control electoral y
patronazgo político que convertía el dinero público en botín privado. Era,
además, una agencia de movilidad social: aglutinaba sindicatos obreros, grupos
campesinos, empleados, burócratas, empresarios, académicos, periodistas e
intelectuales, consiguiéndoles dinero, bienes, servicios, concesiones y
prebendas de diversa índole a cambio de votos y obediencia. Si algún
funcionario decidía ser honesto no era por temor a la ley –que jamás se
aplicaba– sino por su integridad personal. En 1990, Mario Vargas Llosa declaró,
de manera incisiva, que el sistema había convertido a México en “la dictadura
perfecta”.
“Un político pobre es un pobre político”, decía Carlos
Hank González. El “profesor”, como se le conocía, era el perfecto representante
del sistema. Refinado y solemne en su trato, los puestos públicos que ocupó le
permitieron tender puentes con el sector privado. Fluctuando libremente entre
ambos mundos amasó una inmensa fortuna en industrias de autopartes,
infraestructura, energía y banca. Aunque fue uno de los políticos más ricos y
exitosos de su tiempo, su caso no fue excepcional. Cada seis años, con el
arribo de un nuevo presidente, México producía una camada nueva de políticos
enriquecidos sin que nadie se atreviera a investigar el origen de sus fortunas,
menos aún a levantarles cargos. Con el objeto de proyectar su poder a lo largo
de los sexenios, el profesor consolidó la dinastía política del “Grupo
Atlacomulco” en el Estado de México. En 1958 un miembro de este grupo –Adolfo
López Mateos– llegó a la presidencia y a partir de entonces sus representantes
no dejaron de tener un lugar en los gobiernos del pri. Aunque Hank González lo
encabezó hasta su muerte en 2001, la influencia del grupo se acrecentó con la
candidatura de Enrique Peña Nieto, que pasó de la gubernatura del Estado de
México a la presidencia. (No hay que olvidar que el Estado de México, una de
las entidades más ricas y con mayor número de habitantes en el país, nunca ha
conocido un gobierno que no sea del pri.) En su tiempo, las prácticas del
profesor Hank eran vistas como un rasgo casi atávico, algo folclórico, pero en
todo caso inevitable del sistema.
En términos relativos, las cosas han cambiado. Es
probable que el Instituto Federal de Acceso a la Información, fundado en 2002 y
ahora llamado Instituto Nacional de Transparencia, Acceso a la Información y
Protección de Datos Personales (inai), y la labor machacante de la radio, la
prensa y las redes sociales hayan impuesto mayores obstáculos a la corrupción
en el ámbito federal. Por lo menos, se han publicado escándalos que en tiempos
del profesor permanecían en la penumbra o aparecían solamente en el semanario
Proceso, fundado en 1976 por el valiente Julio Scherer García. (Fue Scherer, por
ejemplo, quien expuso los detalles del inmoral favor que Hank González concedió
a su amigo el entonces expresidente López Portillo: una mansión.) Hoy no solo
Proceso revela hechos semejantes, también los reporta diariamente un sector de
la prensa y –hasta cierto punto– la radio. La corrupción ha dejado de parecer
atávica y folclórica al público mexicano. Ahora se ha vuelto vergonzosa e
intolerable. Y, justamente porque la cloaca está abierta, una enorme
indignación provocó la noticia (que dio a conocer Carmen Aristegui en noviembre
de 2014) de que la esposa del presidente había adquirido, en términos
generosos, una mansión a través de una compañía constructora favorecida por el
gobierno. Aunque la comisión especial designada para el caso exoneró oficialmente
al presidente de haber incurrido en un “conflicto de interés”, la revelación
dañó la imagen de Peña Nieto y el prestigio de la democracia. ¿De qué sirve la
democracia –se preguntan los mexicanos– si un presidente electo por la mayoría
de los votos utiliza su puesto público para fines privados?
A pesar de la derrota del “sistema” en 2000, la
corrupción no solo subsiste sino que se ha acentuado y generalizado. Con la
transición a la democracia, la corrupción ha emigrado y echado raíces profundas
en algunas entidades. Libres del control central pero ricos en apoyos
federales, los gobiernos de los estados han hecho una réplica del “sistema” en
sus dominios. Como resultado, existen sospechas bien fundadas de que algunos
gobernadores y sus colaboradores han amasado centenares de millones de dólares
en sus periodos sexenales. En Nuevo León y Coahuila, los gobernadores Rodrigo
Medina y Humberto Moreira ejercieron presupuestos gigantescos pero dejaron tras
de sí deudas tan inmensas como racionalmente inexplicables. De acuerdo al
Instituto Mexicano para la Competitividad, 41 gobernadores se vieron
involucrados en escándalos de corrupción entre 2000 y 2013. De ellos, solo
dieciséis fueron investigados oficialmente y solo cuatro enfrentaron cargos. De
esos cuatro, dos fueron hallados culpables y están en prisión. En otro caso
prominente, en Tamaulipas, la Procuraduría General de la República investiga a
tres antiguos gobernadores del pri por vínculos con el narcotráfico. Pero solo
el exgobernador de Quintana Roo, Mario Villanueva, ha sido juzgado y condenado
por esos crímenes.
Al problema general de la corrupción se suma el
aterrador asunto de la impunidad. Ser víctima del crimen o saberse víctima
potencial de un crimen que permanecerá impune puede ser profundamente descorazonador
para la actividad económica. Piénsese en los agricultores, profesionistas y
pequeños empresarios azotados por la extorsión en Guerrero, Puebla o Morelos.
Muchos abandonan sus profesiones, propiedades y ciudades para protegerse a sí
mismos y a sus familias. Y existe también la situación inversa: el renacimiento
económico de los exportadores de aguacate en Michoacán, parcialmente liberados
(al menos hasta ahora) de las extorsiones que afectaban seriamente su modo de
vida. Cuando permanece impune, el crimen devalúa igualmente los progresos
políticos y las libertades, que por lo demás no existen en muchas zonas del
interior del país (Tamaulipas, Veracruz) donde la delincuencia organizada y las
autoridades locales o estatales (aliadas entre sí, según varios observadores)
asesinan a periodistas, acallan voces de denuncia (hasta en las redes sociales)
y aterrorizan a la población.
En el siglo xix México controló la violencia criminal
con la dictadura personal de Porfirio Díaz (1876-1911). Sus agentes eran los
“jefes políticos” (mandamases locales) y los gobernadores (electos formalmente,
pero en realidad impuestos por Díaz). En el siglo xx, la “dictadura perfecta”
del pri controló la violencia criminal recurriendo a la violencia legítima (que
ejerce cualquier Estado) y la ilegítima, traducida en pactos mafiosos con el
submundo del crimen o prácticas de terror de Estado como desapariciones,
torturas, asesinatos. En el siglo xxi, México no puede controlar la violencia
con una dictadura personal sino con el imperio de la ley. Lo que se requiere es
un Estado que respete y haga respetar las leyes penales (comenzando con los
actos delictivos y corruptos de los propios gobernantes). Pero para edificar
ese nuevo Estado la experiencia del siglo xx en materia de justicia nos dejó
particularmente mal preparados.
La sensación de que “la vida no vale nada” es antigua
en México. Proviene de nuestra fascinación –a la vez graciosa y seria– con la
muerte, que algunos poetas y antropólogos remontan hasta los sacrificios humanos
en tiempos prehispánicos. Pero “la vida no vale nada” es más que un dicho de
dimensiones míticas, culturales o artísticas. Es algo real y tangible. La
Revolución mexicana –con sus personajes de leyenda como Emiliano Zapata y
Pancho Villa, sus reflejos en los murales de Diego Rivera, las novelas épicas y
el cine– alimentó esa fascinación. La Revolución –“la fiesta de las balas”,
como Martín Luis Guzmán llamó a uno de sus episodios– quedó grabada en la
memoria colectiva como un poderoso mito de redención. El Estado “emanado” de
esa Revolución proclamó como su obligación principal proveer justicia y esa
misión justiciera vindicaba el uso de la violencia. Así, bendecido por un
pasado de violencia sagrada, nació el concepto de “justicia social”, entendida como
la capacidad de distribuir la riqueza a cambio de apoyo político. Este énfasis
no solo sirvió para legitimar a los gobiernos revolucionarios (y favorecer
medidas de apoyo a la equidad social) sino que vació la palabra “justicia” (y
la práctica asociada a ella) de su sentido pleno y original, especialmente en
el ramo criminal.
Durante el imperio del “sistema” del pri, los delitos
se atendían en estados y municipios, pero cuando permanecían irresueltos o se
volvían visibles en un nivel nacional, el presidente o el procurador general
(que era y sigue siendo su subordinado) amenazaba con el cese a la autoridad
local (aunque teóricamente hubiera sido electa por votación popular). Y la
pirámide de intimidación funcionaba: de 1930 hasta fines del siglo xx, la tasa
de criminalidad bajó de 65 a diez homicidios por cada cien mil habitantes. Los
grupos criminales y los narcotraficantes (mucho más débiles que los de ahora)
estaban subordinados al poder ejecutivo federal cuyas diversas agencias
políticas, policíacas o militares los controlaban, los protegían, les imponían
las reglas del juego y, muy a menudo, recibían su tajada del negocio.
La politización de la justicia era mucho menos
pronunciada en otras áreas del derecho, como la civil, mercantil o laboral.
Pero esa misma politización de la justicia –dominante en el área criminal,
sobre todo en el caso del crimen organizado y el tráfico de drogas– inhibió el
desarrollo de las profesiones ligadas a su procuración e impartición:
criminólogos, agentes investigadores, jueces, agentes de ministerio público.
Tampoco las diversas policías se profesionalizaron o modernizaron, ni siquiera
remotamente: siguieron siendo el brazo armado de la violencia estatal.
Con ese pasado a cuestas, ¿qué podíamos esperar para
el siglo xxi? Carentes de instituciones, personal, prácticas y tradición
jurídica, sobre todo en el ámbito criminal, confiamos en que la democracia
electoral recién conquistada abriría un mundo de paz, orden y legalidad. Lo que
ocurrió es que, al quebrar el monopolio político del presidente (columna
vertebral del sistema político), el arribo de la democracia tuvo el efecto
centrífugo de liberar de toda tutela a los gobiernos locales, que sin la
presión del poder central dejaron el combate al crimen a instancias federales,
sobre todo el Ejército. Con la posible excepción de la Marina armada, estas
fuerzas no han podido cumplir con el inmenso objetivo que se les ha impuesto.
Insuficientemente preparadas en materia de derechos humanos, han mostrado ser
ineficaces para combatir al crimen, tarea ajena a sus misiones militares.
Más allá de este enorme déficit institucional en el
ámbito de la justicia penal, México ha vivido estos años el efecto de una
“tormenta perfecta” en la que inciden factores adicionales, tanto internos como
externos. El proceso democrático de México coincidió con varios fenómenos: el
debilitamiento del narco en Colombia y el consecuente fortalecimiento de los
narcos mexicanos (tan poderosos que ahora pueden retar al Estado que antes
vigilaba y limitaba sus operaciones). Otros factores convergentes han sido el
ascenso del mercado estadounidense y global de cocaína, heroína y
metanfetaminas, y que en 2004 el presidente Bush levantara la veda de compra de
armas (lo que ha provocado desde entonces una inundación de armas en México).
La apresurada reacción del gobierno de Felipe Calderón, a fines de 2006, fue
lanzar una ofensiva casi desesperada por recuperar territorios en manos del
narco, lo cual contribuyó fatalmente a elevar los enfrentamientos de los grupos
criminales, entre sí y contra las fuerzas federales o las policías locales, a
veces coludidas con los propios delincuentes. Desde entonces, la incesante ola
de violencia se expandió del comercio de drogas a todos los negocios
criminales: secuestros, extorsiones, asaltos, asesinatos, robo directo de
combustible en oleoductos, tráfico de personas. Entre 2008 y 2011 la tasa de
homicidios subió de nueve a veinticuatro por cada cien mil habitantes. Y el
huracán de violencia carnicera continúa.
No solo ha habido malas noticias. Se ha logrado
apresar a varios capos mayores, se ha reducido la peligrosidad de algunos
grupos particularmente sanguinarios (Los Zetas, la Familia Michoacana). Algunas
importantes ciudades del norte del país que hace poco eran sucursales del
infierno (Monterrey, Tijuana, Ciudad Juárez) han logrado reducir sus índices
delictivos debido a la participación de la sociedad civil y al compromiso de
los empresarios locales que tomaron parte en la creación y mantenimiento de
nuevas unidades policíacas.
Pero otras zonas del país no son ya, para efectos
prácticos, parte de México. En municipios de Tamaulipas y Veracruz, al noreste,
en Guerrero y Michoacán, en el occidente, y en partes de Morelos y el Estado de
México en el centro, los cárteles del crimen se han multiplicado en grupos que
no se contentan con cultivar y traficar droga y aterrorizar a la población con
extorsiones, secuestros, asesinatos. Los sicarios graban sus atrocidades en los
celulares y las comparten en las redes sociales. Pueblos enteros han
desaparecido y ha habido desplazamientos masivos de personas. Ahora, en el
nivel municipal al menos, ya no buscan la complicidad del Estado. Ahora buscan
directamente convertirse en el Estado. Ante los alcaldes que se les resisten,
su ley ya no es “plata o plomo” sino “plomo o plomo”. Se trata de apoderarse de
los fondos públicos que provee la federación, cobrar impuestos, tomar control
de la riqueza local. Lo comprobé personalmente hace unos años, al recibir una
llamada de un extorsionador. Esas llamadas se hacen al azar, a veces
directamente desde las prisiones. El hombre en el teléfono no tenía idea de mi
identidad. Para atemorizarme, dijo: “Aquí ya no hay Estado” y, refiriéndose
presumiblemente a un jefe del narco, agregó: “Aquí solo manda ‘El Grande’.”
Un sector creciente de la población opina que el
primer paso para controlar al crimen organizado y a los cárteles es legalizar
las drogas, comenzando por la mariguana. Aunque solo un tercio de la población
lo acepta, no es improbable que, ante la nula cooperación estadounidense en el
control de la venta de armas de asalto, México emule a Uruguay y adopte hasta
cierto punto esa medida. Si ocurre, tendría probabilidades de éxito. Los
mexicanos (incluido el propio Estado, que en ese sentido está lejos de ser
“fallido”) han mostrado madurez y solidaridad en casos de desastres naturales:
terremotos, epidemias, huracanes. Si las drogas se despenalizan y el gobierno
aborda su consumo como un problema de salud pública, la sociedad y el Estado
responderían con eficacia.
Gabriel Zaid ha sugerido empezar por las cárceles: “Si
el Estado no puede controlar las cárceles (una milésima parte del territorio
mexicano), ¿cómo pretende controlar el resto?” Hay 240,000 reos hacinados en el
sistema penitenciario mexicano, cuya capacidad máxima aceptada es de 190,000
hombres y mujeres. Esta sobrepoblación se debe a la alta proporción (42%) de
reos procesados pero no sentenciados. Las cárceles no solo son porosas y
corruptas (un cogobierno entre reos y autoridades) sino violentas e inseguras.
Y son escuelas del crimen. Entre las medidas prácticas que propone Zaid está
una solución legal masiva que pudiera liberar a los delincuentes menores,
auditorías independientes a los penales (instalaciones, equipos, prácticas),
monitoreo de todas las llamadas telefónicas, certificación periódica de
funcionarios, inspección sistemática de comisiones de derechos humanos.
El problema jurídico mexicano no es legislativo. Una
avanzada reforma constitucional introdujo en 2008 el sistema de juicios orales
que busca hacer expedita y transparente la justicia. Este sistema se está
instrumentando ya en algunos estados y debe entrar en vigor a nivel nacional a
mediados de este año. Pero de poco servirá sin una reforma de las policías. Hoy
prevalece una división en tres niveles: una policía federal, 32 estatales y más
de dos mil municipales. La intención actual es subsumir las policías
municipales en 32 mandos únicos, uno por cada entidad. Pero hay dudas de que
este cambio resuelva los problemas debido a que el nivel de profesionalismo de
muchas policías estatales es tan bajo como el de las municipales. México no
tiene nada parecido a la Guardia Civil española o los Carabineros chilenos.
Siendo tan prioritaria la creación y el mantenimiento
de una policía federal autónoma y confiable, la transformación no depende solo
del gobierno: la sociedad civil debe participar también de manera consistente
en la creación y salvaguarda de nuevas prácticas e instituciones. Y las
escuelas, universidades y los medios deberían llevar a cabo un amplio programa
de educación cívica y jurídica.
Para crear y mantener una policía nacional confiable
es absolutamente necesario el establecimiento de una fiscalía federal autónoma.
En este sentido, Peña Nieto envió en 2014 al Congreso una reforma
constitucional, pero está congelada en el Senado. La creación de esa agencia es
crucial porque, como entidad autónoma, podría incluso vigilar las acciones del
presidente. Varias instituciones autónomas –el inai, el Banco de México, el
Inegi– funcionan bien.
A fin de cuentas, nada nos urge más que recobrar el
valor de la vida. El tiempo apremia, por otra razón alarmante: el avance de la
descomposición moral. La fascinación por los narcotraficantes y el odio al
gobierno están convergiendo en una danza macabra. Algo se pudrió en México. No
es posible ver sin alarma –sobre todo entre los jóvenes– esta inversión de
valores, donde al asesino se le pinta como un héroe y a quien lo lleva ante la
justicia se le acusa de criminal.
La construcción de un genuino Estado de derecho (en
especial para enfrentar el crimen) es un proyecto de largo plazo y será la
misión de las generaciones jóvenes. Estas generaciones ya están entre nosotros.
Son los hijos y nietos de gente como yo, que marchó en el 68. No deja de ser
extraño, en este sentido, que no hayan surgido en México partidos políticos de
jóvenes (como Podemos o Ciudadanos en España). Pero los jóvenes de hoy han
elegido otros carriles de protesta: las redes sociales, internet. Marcada por
el humor, la energía y la imaginación (también por la fugacidad y la ligereza),
su protesta está más que justificada. Les heredamos una casa (la de la
democracia) con paredes, techo y piso, pero poco más. No es realmente una casa,
sino un espacio turbio, inseguro, violento, con zonas de enorme pobreza y
desigualdad. De ahí su enojo. Pero se trata de un enojo democrático. No
revolucionario ni radical, pese a su virulencia. La mayoría no quiere derruir la
casa. Quieren que sea tan transparente y funcional como las de países
políticamente más avanzados, cuyas noticias y costumbres conocen.
Decía Hannah Arendt que el totalitarismo aparece en
sociedades desencantadas con la democracia, susceptibles de dejarse fascinar
por el carisma del hombre fuerte. En México no existe el riesgo de
totalitarismo, pero sí el de un caudillo mesiánico. En las próximas elecciones
presidenciales de 2018 los jóvenes podrían participar formulando una agenda o,
mejor aún, apoyando a un candidato ciudadano propio que encare los grandes
problemas nacionales con una nueva visión y nuevas iniciativas, y al mismo
tiempo cierre cualquier paso a una alternativa autoritaria. Costó un enorme
esfuerzo transitar a la democracia. Por eso valdría la pena consolidarla
fundando, desde los cimientos mismos, un genuino Estado de derecho que respete
y haga respetar la ley, una entidad que, entre otras cosas, rescate e
instrumente el sentido original de la justicia en el ramo criminal. No es un
propósito más utópico que nuestras esperanzas y sueños de libertad en el 68.
Aunque un régimen autoritario los reprimió, finalmente se hicieron realidad en
nuestro tiempo, un logro mayor a pesar de los grandes problemas que aún
persisten. ~



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