El General en nuestro laberinto
El General en nuestro laberinto
Por:
Lorenzo Meyer
Tomado
de: El Norte
Hubo tiempos en que se hablaba de la
"colombianización" de México como futuro indeseable. Hoy, en cambio,
no nos vendría mal una dosis de "colombianización".
En Oslo, al recibir el Premio Nobel de la Paz, el
Presidente colombiano, Juan Manuel Santos, no sólo anunció el fin negociado de
la guerra interna más larga en el hemisferio -52 años-, sino que, en su
discurso señaló que en el curso de esa guerra se introdujo un elemento que la
agravó: el narcotráfico.
Sustentado en la dura experiencia colombiana afirmó
que, si bien la guerra con las FARC se acabó, "la guerra contra las drogas
no se ha ganado, ni se está ganando... es hora de cambiar nuestra
estrategia". Para nosotros, este mensaje es claro, pero complicado de
asimilar. Pues aquí esa "guerra contra las drogas" sigue y no hay
visos de un cambio de estrategia.
Con 174 mil 652 muertes violentas en el último decenio
relacionadas con el crimen organizado -sostenido básicamente por el
narcotráfico-, 29 mil 198 desaparecidos y un gasto de 1.8 billones de pesos en
las instituciones encargadas del mantenimiento de la "ley y el orden"
(Revista R, 11 de diciembre), la guerra contra las drogas prosigue como si se
pudiera ganar. Y ese empeño tan sin sentido nos está conduciendo a un peligroso
callejón que, si bien tiene salidas, con el paso del tiempo todas se están
estrechando y todas son peligrosas.
Dos días antes de que el Presidente Santos diera su
discurso en Oslo, aquí, en la Ciudad de México, el General Secretario de la
Defensa declaró que a los militares les "encantaría que la Policía hiciera
su tarea para lo que está, para lo que se les paga, pero que no lo hacen"
y así poder volver a sus cuarteles, pues su misión no es perseguir
delincuentes.
El General no dijo de quién es la responsabilidad de
que las instituciones policiacas no cumplan con su tarea, estén minadas por la
corrupción, y sea el Ejército el que deba mal llenar el vacío dejado por una
gran falla institucional, tan añeja como notoria.
Y no lo dijo porque la responsabilidad está implícita
en el argumento: además de los policías mismos, la falta es de sus mandos
civiles, desde los Presidentes Municipales pasando por los Gobernadores hasta
llegar a la cúspide del poder: la Presidencia de la República y el Congreso.
Como el General no podía ir tan lejos como el
Presidente Santos y admitir que la guerra en que está envuelta el Ejército y la
Armada no se está ganando y va para largo, entonces pidió -¿exigió?- una ley de
seguridad interior que legitime la tarea que desde hace mucho, y no sólo en los
10 últimos años, vienen haciendo las Fuerzas Armadas. Si la realidad no va a
cambiar, pues por lo menos que cambie el marco jurídico. ¡Vaya implicaciones
las de la declaración del General Salvador Cienfuegos!
EL LABERINTO
El problema de la guerra contra las drogas prohibidas
o campaña, como prefieren llamarle algunos militares, se inició desde, por lo
menos, los 1940, que se acentuó a raíz de las presiones norteamericanas tras la
"Operación Intercepción" de 1969, a la que siguió la "Operación
Cóndor" en los 1970 para culminar en la "Operación Conjunta
Michoacán" de 2006, la "Iniciativa Mérida" de 2008 y todo lo que
ha venido a partir de entonces y que engloba el concepto de "la guerra de
Calderón", es que continúa sin visos de solución.
Hasta hoy, Washington pareciera no incomodarse por la
prolongación indefinida de esta guerra sin esperanza, pues el costo lo lleva
México, mientras que en Estados Unidos la estrategia pareciera ser la de
rendirse en algunos frentes internos, al punto que la mariguana ya va camino de
la legalización. Nosotros, en cambio, seguimos la inercia. ¿Es que esperaremos
a que Colombia, país que inspiró nuestra "Iniciativa Mérida" nos
muestre qué hacer?
Apenas hizo público su enojo el General Cienfuegos, el
PRI y sus aliados en el Congreso dijeron que redactarían y aprobarían la ley de
seguridad interior que demandan los militares. El General cumple así con su
gremio al exigir un nuevo marco legal que no ponga en evidencia al Ejército en
caso de nuevos Tlatlayas -ejecución de prisioneros. Pero como sociedad
nacional, ¿es eso lo que realmente necesitamos? ¿No nos estaremos internando
aún más en el laberinto de la inseguridad y la ingobernabilidad por no resolver
el problema central?
Una ley de seguridad interior donde se tome en cuenta
el papel de las Fuerzas Armadas en momentos excepcionales y cortos pudiera ser
algo positivo, ¿pero legislar y, por tanto legalizar y legitimar la
intervención militar en circunstancias donde la inseguridad no es excepcional,
sino una condición que ya se volvió crónica, no entraña peligros de largo
plazo?
El sexenio de Enrique Peña Nieto va a concluir en poco
menos de dos años. Entre sus legados de largo plazo está la corrupción
desbordada (personificada por los ex Gobernadores en fuga) y la privatización
de la otrora orgullosa industria petrolera. ¿También va a estar la consagración
de las Fuerzas Armadas -la institución menos tocada por el desprestigio- como policías
de última instancia?
Una vez institucionalizado el papel del Ejército como
responsable de una guerra donde hay pocas posibilidades ganar, ¿se estará en la
salida del laberinto o en un sinsentido mayor? Es pregunta que demanda una
respuesta de la sociedad y de los responsables políticos pronta y de fondo.



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