Lou Reed a los 58: Éxtasis Eléctrico en el Nuevo Milenio
Lou Reed recibió el año 2000 con un disco titulado Ecstasy: su obra número 18, su regreso después de casi cuatro años de silencio. Este álbum no solo resulta denso musicalmente, sino también visceral en sus letras, que diseccionan las relaciones humanas con el bisturí filoso de quien ha vivido demasiado y observado aún más.
La portada, enigmática, inquietante y divertida, mostraba el rostro de Reed emergiendo de un fondo negro, extasiado. ¿Sexualmente? ¿Químicamente? ¿Espiritualmente? La ambigüedad era intencional. Lo que verdaderamente electriza este álbum es la energía pura, cruda y sin filtros que Reed proyecta en cada segundo de la grabación.
Reed y sus cómplices musicales, Mike Rathke en guitarras, Fernando Saunders en bajo (quizá el músico con mayor protagonismo en el disco además del propio Lou) y Tony "Thunder" Smith en batería, optaron por un enfoque básico, visceral y energético. Guitarras, bajos y baterías tejen un tapiz eléctrico sin concesiones, un muro sónico que no pide permiso ni ofrece disculpas.
Parte de esa crudeza recuerda joyas previas como el New York y The Blue Mask, pero Ecstasy posee su propio encanto: oscuro, sexy, intoxicado y peligrosamente honesto. Un disco de naturaleza orgánica en medio de una era musical cada vez más digital y procesada. Reed, a los 58 años, se negaba a envejecer mansamente.
"Paranoia Key of E" condensa elementos de jazz, funk y rock, el combustible puro de sus mejores discos de los años 70, pero con una diferencia crucial: la reducción a un potente cuarteto le otorga a Reed el control y protagonismo absoluto de cada nota, cada silencio, cada respiración. Sus guitarras son filosas, repetitivas e hipnóticas: un minimalismo cercano al pop experimental de Jim O'Rourke (el de discos como Bad Timing y Eureka). ¿Habría escuchado Reed a O'Rourke en esa épocatan pop de O'Rourke? Es más que posible. Un detalle elegante: una sección de metales refuerza el tema con sofisticación inesperada.
"Mystic Child" resulta aún más insistente. En momentos evoca a O'Rourke, en otros, al espíritu aventurero de John Frusciante en su época dorada con Red Hot Chili Peppers. Está claro: Reed no se durmió en sus laureles. Ecstasy no es una recreación nostálgica, sino un trabajo que apuntaba hacia un futuro dinámico, arriesgado e inquietante.
De hecho, una pregunta fascinante: ¿pudo Reed haber grabado un disco con Red Hot Chili Peppers en esa era? Estoy convencido de que sí. Ecstasy llegó casi una década antes de su sorprendente (y controversial) colaboración con Metallica en Lulu, pero ya manejaba elementos que sugieren una sintonía notable entre Reed y los Chili Peppers. Lou estaba atento, alerta, hambriento de lo contemporáneo.
La poesía urbana y directa de Reed no está lejos de la poesía hablada/cantada de Anthony Kiedis. Y estoy seguro: Frusciante era un gran admirador (durante la era de Blood Sugar Sex Magik aparecía en entrevistas con camisetas de Lou Reed). La sección rítmica de Flea y Chad Smith no dista mucho de esos músicos de jazz funk que integraron las bandas de Reed en los 70. "Mad", una cuasi balada introspectiva, encajaría perfectamente en The Blue Mask, y no cuesta imaginar a Flea y Smith cargándola con su ritmo juguetón, dinámico y profundo.
Ecstasy remite, en espíritu, a New York, aunque menos crudo y con mayor misterio y elegancia decadente. Reed entra en trance con temas que aumentan su temperatura gradualmente, construyendo tensión como un maestro del suspenso. Se atreve a experimentar, a crear incomodidad, a hacer cosas genuinamente diferentes. Sublime. Etéreo. Éxtasis.
"Modern Dance" lo encuentra en su punto más introspectivo: poesía pura donde desnuda sus pensamientos sin máscaras ni pretensiones. Más poesía hablada que, de seguro, habría encantado a Kiedis. ¿Fue Reed el rapero original del rock? Lou solía bromear con eso. En Ecstasy encontramos a un Reed obsesionado con las palabras, la poesía, incluso más allá de las canciones tradicionales: algunos temas son más monólogos urbanos acompañados por música, sin coros, sin estructuras convencionales.
"Future Farmers of America" es rock rabioso de alto calibre. Las guitarras marcan un paso acelerado, una urgencia inspirada y apocalíptica. Uno de los temas más devastadores del disco, una descarga de adrenalina pura.
"White Prism" es único en toda su discografía: un inicio con pirotecnia hendrixiana, luego un paso atrás hacia una pureza innegable. Reed juega con niveles de tensión de forma casi mágica, en pleno control de su capacidad para sorprender y provocar emociones contradictorias.
"Rock Minuet" explora terrenos sonoros que Reed profundizaría en sus últimos años: ambient, drone, libre improvisación. En Ecstasy somos testigos de la transición de Reed de músico de rock a artista sonoro puro, de compositor a escultor de frecuencias.
"Like a Possum" es la otra cara de la moneda: volumen máximo, distorsión caótica y adrenalina sin límites, con líneas de guitarra que a veces recuerdan la brutalidad cruda de Neil Young en sus momentos más salvajes. Se dice que la versión original inédita de este tema era aún más estridente y salvaje, una bestia apenas controlada.
Para muchos críticos y fans, Ecstasy es el último gran disco de Lou Reed. Yo siempre incluyo Lulu (con Metallica) en esa conversación, pero si su carrera solista hubiera terminado aquí, lo habría hecho con una ironía hermosa: "Big Sky", una canción inusualmente optimista en su catálogo. No es difícil escucharla como su gran despedida musical, un final luminoso para un viaje oscuro, eléctrico y, en el fondo, extrañamente esperanzador.
Ecstasy no fue un adiós. Fue un nuevo umbral, una puerta entreabierta hacia territorios inexplorados. A los 58 años, Lou Reed demostró que el peligro y la creatividad no tienen fecha de caducidad. No para él.



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