The Hateful Eight: La Película Navideña Más Sangrienta
¿The Hateful Eight cuenta como una película navideña? La nieve cayendo sobre Wyoming, la melodía que Bob (o Marco el Mexicano, según se revela más tarde) toca al piano, los caramelos de menta... Pienso que The Hateful Eight es definitivamente una película navideña, y de ser así, es mi película navideña favorita, aunque no sea exactamente apta para toda la familia, tus tías seguramente no la aprobarían.
The Hateful Eight me recuerda mucho a la Navidad de mi infancia: luchadores mal pintados de plástico, soldados de juguete aliados contra alemanes, figuras de GI Joe ninjas y jugadores de fútbol americano, mezcladas con indios y vaqueros. Todos juntos en el suelo de la sala, sin importar bandos ni épocas. Así eran algunas de mis mejores navidades, caóticas y perfectas, cuándo sólo importaba el siguiente giro de tuerca que mantuviera avanzando la historia, sólo yo, y las historias en mi cabeza.
Como en una película de Tarantino, todos contra todos en un épico "Mexican standoff", con varios giros inesperados para mantener la expectativa muchas horas gracias a la imaginación infantil que no se detenía ante nada. The Hateful Eight es precisamente eso: una Navidad violenta viendo las imágenes de Tarantino recreando una "Navidad con Sergio Corbucci", el maestro italiano del spaghetti western que inspiró profundamente a Quentin. La sangre roja sobre la blanca nieve. Ho Ho Ho!
Incluso Demián Bichir, actor de verdadero peso y prestigio en México y Hollywood, se pone de tú a tú con los gigantes del universo de Tarantino, exactamente al mismo nivel que titanes como Russell, Jackson o el actor fetiche favorito de Tarantino, Michael Madsen. Su Bob "El Mexicano" es cortés, enigmático y letal, una actuación que demuestra que el talento no conoce fronteras ni jerarquías cuando Tarantino dirige.
¿Irónico que el octavo filme de Quentin Tarantino se llame "The Hateful Eight" (Los ocho más odiados)? ¿O será acaso "El 8 más odiado", en referencia directa y meta cinematográfica a su película número 8? Esta ambigüedad numérica es apenas el primer guiño de un director obsesivo que convierte cada detalle en declaración artística y cada número en símbolo.
The Hateful Eight parece más una obra de teatro de cámara que una película convencional. Es más una tragedia griega claustrofóbica que un western de espacios abiertos. O acaso, ¿los westerns siempre fueron tragedias griegas disfrazadas de polvo, pólvora y justicia fronteriza? Cómo una Navidad en la frontera entre Ucrania y Rusia, sin estado de derecho, la única ley son las armas. La pregunta resuena y se amplifica durante sus casi tres horas de metraje claustrofóbico, contenido casi enteramente en el interior de la Mercería de Minnie.
Actuar en una película de Tarantino es cosa de locos, todo un desafío actoral. No hay un protagonista absoluto que se lleve toda la atención y eso es parte del inescapable encanto. Todos los actores principales tienen un rol igualmente destacado, con diálogos afilados como navajas de afeitar y monólogos extensos que desafían el ego actoral y exigen una preparación shakespeariana. Es imposible determinar quién es el personaje principal cuando todos brillan con la misma intensidad peligrosa. Así de intensas, equilibradas y democráticas mantiene las cosas Tarantino, donde la jerarquía narrativa tradicional se desmorona deliberadamente en favor del conjunto coral.
Kurt Russell protagoniza el regreso triunfal y merecido de un actor que definió toda una época del cine de acción ochentero con películas como Escape de Nueva York y Big Trouble in Little China. Tarantino le otorga un sitio privilegiado en su panteón personal, lo coloca de tú a tú con los monstruos sagrados de la mitología "Tarantinesca" como Samuel L. Jackson, Tim Roth y Michael Madsen. Russell no es más importante que los otros en pantalla, pero su actuación en ningún momento es menos poderosa o memorable. Su John "The Hangman" Ruth (El Verdugo) es testosterona pura, violencia calculada, la masculinidad tóxica que Tarantino disecciona sin piedad ni romanticismo.
Walton Goggins, un extraordinario actor de carácter que creo no ha recibido suficientes buenas oportunidades en Hollywood pese a su talento demostrado, aquí recibe una oportunidad de oro para ejercer un rol complejo a tope: tan ambiguo, carismático y repulsivo como los demás personajes que lo rodean. ¿Goggins es un héroe o un villano? ¿Su Chris Mannix es realmente el futuro sheriff o un impostor oportunista? Su personaje oscila magistralmente entre el racismo sureño más descarado y una vulnerabilidad inesperada que humaniza lo detestable. Esto jamás lo llegamos a saber con certeza absoluta de ninguno de los personajes a lo largo de la película. La ambigüedad moral radical es el verdadero territorio creativo de Tarantino, su zona de confort incómoda.
Jennifer Jason Leigh es otra de las fortalezas monumentales de la cinta, una actuación que define carreras. Una mujer y actriz que llegó casi por accidente al universo de Tarantino, luego de que Jennifer Lawrence rechazara el papel (un error de cálculo que Lawrence probablemente lamenta hasta hoy), y que es considerada justamente una de las mejores actrices de su generación desde los años 80. Tarantino, al igual que hizo magistralmente con Pam Grier en Jackie Brown, ejecuta un rescate asombroso de una carrera cinematográfica que merecía mucho más reconocimiento mainstream y le regala un papel que seguramente sería la envidia de cualquier actriz contemporánea de Hollywood.
Daisy Domergue es un papel brutal en todos los sentidos, inspirado directamente en la infame "chica Manson" Susan Atkins, con toda su violencia psicópata, lealtad fanática y fascinación enfermiza. Un rol durísimo física y emocionalmente en el cual Leigh consigue dar carisma magnético e incluso humor negro a un personaje que debería resultar repulsivo al máximo. Cada golpe que recibe en pantalla (y son muchos, brutales y perturbadores) se convierte en una declaración compleja sobre la violencia de género, la complicidad social y la supervivencia femenina en territorios masculinos. Leigh fue nominada al Oscar por esta actuación visceral, y con justa razón mereció el reconocimiento.
Con The Hateful Eight, Tarantino se muestra autoindulgente, pero en el mejor sentido posible del término, como un maestro que puede darse esos lujos. Recrea y expande parte de su universo cinematográfico interconectado con Michael Madsen y Tim Roth de Reservoir Dogs, Samuel L. Jackson de Pulp Fiction, Jackie Brown y Django Unchained, Kurt Russell de Death Proof y Walton Goggins de Django Unchained. Una reunión de familia disfuncional y sangrienta, la "Family" de "Manson" Tarantino.
Obviamente, otras superestrellas tarantinianas como Brad Pitt o Leonardo DiCaprio no tenían cabida en una cinta donde el equilibrio perfecto del ensamble era absolutamente fundamental para el funcionamiento dramático. Tal vez por ello precisamente, Channing Tatum aparece apenas unos minutos explosivos, en un cameo sorpresa que funciona precisamente por su brevedad estratégica e impacto narrativo.
The Hateful Eight empezó originalmente como una supuesta secuela directa de Django Unchained, sin embargo, el guión completo fue filtrado ilegalmente en 2014 (Tarantino señaló públicamente a varios colaboradores cercanos como sospechosos) y el director furioso tuvo que repensar radicalmente el tratamiento y la aproximación para llevar a cabo la cinta. Incluso anunció públicamente en una conferencia de prensa que cancelaría definitivamente el proyecto por traición. Afortunadamente para el cine, una lectura teatral improvisada del guión en Los Ángeles, con público presente, revivió su entusiasmo creativo y confianza en el material.
Al final, Tarantino consiguió una cinta magistral, violenta sin concesiones, cruda en su representación humana, con actuaciones soberbias de todo el elenco que merecieron múltiples reconocimientos internacionales y con la capacidad única que siempre ha tenido de sacudirnos hasta el último átomo de nuestro ser como espectadores.
The Hateful Eight no es solo una película de vaqueros: es una cámara de tortura psicológica sofisticada disfrazada de misterio detectivesco al estilo Agatha Christie pasado por el filtro del western sucio en la nieve, donde nadie es inocente de nada y todos merecen exactamente lo que reciben en esa noche infernal. Tarantino demuestra que incluso encerrado en una habitación de madera con ocho personajes despreciables y moralmente comprometidos, puede crear un universo cinematográfico completo, rico y fascinante, donde cada palabra es una bala cargada y cada silencio tenso, una amenaza letal esperando explotar.



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