Marty Supreme: Trance Cinematográfico
Honestamente, no sabía qué esperar. Y eso es bueno si sabes manejar la incertidumbre, algo que muchos no soportan hoy en día. ¿Una película motivacional sobre un vendedor de zapatos que se convierte en campeón mundial de ping pong? Sonaba al tipo de película que jamás iría a ver.
Pero recordemos: Uncut Gems de los hermanos Safdie fue una película enorme, espectacular, una experiencia visceral que dejó al público sin aliento. Difícil de describir para quienes no estén habituados a un cine intenso y visceral, a esa sensación de vértigo controlado que solo los grandes directores logran provocar. Sin embargo, los Safdie decidieron separar caminos creativos y, aunque The Smashing Machine de Benny Safdie levantó enormes expectativas, al final el peso de la crítica mixta y cierto desprecio de las audiencias la sepultaron. Esto ocurrió aún cuando muchos señalaron que la actuación de Dwayne Johnson, aka The Rock, sería lo mejor del año.
La pregunta resonaba inevitable: ¿podría The Smashing Machine ser mejor que The Wrestler de Darren Aronofsky? Imposible. Fin de la discusión. Las comparaciones son horrendas, pero funcionan. Nos ayudan a mapear territorios cinematográficos, a entender genealogías creativas.
Entonces pensé: ¿una película sobre ping pong? Mmm... no sé. Aunque Challengers de Luca Guadagnino, situada en el contexto de los torneos de tenis, había sido bastante buena, incluso brillante en momentos. Guadagnino dirigió a Timothée Chalamet en Bones and All, una película estremecedora sobre caníbales que me recordaba las películas de Larry Clark, ese realismo sucio, esa incomodidad radical.
La arriesgada estrategia de Chalamet de elegir personajes detestables, ahí estaba la conexión que necesitaba. ¿Chalamet ahora en Marty Supreme, del otro hermano Safdie, Josh? Ok, démosle la oportunidad.
No puedo decir que Marty Supreme fue una sorpresa total. Good Time y Uncut Gems fueron películas diseñadas para provocar ansiedad pura, que colocan a personajes detestables pisoteando a todo el mundo con tal de conseguir sus objetivos, tomando decisiones terribles mientras corren de manera frenética por las calles de Nueva York. ¿Alguien dijo Martin Scorsese? ¿Alguien dijo hermanos Coen? Era claro que Marty Supreme no podía alejarse mucho de esa premisa.
Y la realidad es que no me equivoqué.
Una película espectacular con un Chalamet omnipresente: en todo tiempo, en todo momento, riendo, jugando ping pong, corriendo, llorando, ejecutando comedia negra con precisión quirúrgica, mientras la cámara lo persigue de forma alucinante bajo las órdenes magistrales de Josh Safdie. Es evidente que Chalamet comprendía perfectamente el tamaño monumental de la película en que se estaba metiendo. Se preparó durante años para el rol e incluso fungió como productor de la cinta, invirtiendo no solo su talento sino su capital creativo y profesional.
Marty Supreme es una experiencia suprema en el cine contemporáneo. Scorsese estaría orgulloso de esta cinta, de hecho, probablemente la estudie con admiración. Estamos ante una historia que avanza de forma frenética e imparable: violenta, divertida, dramática, hipnótica.
Gwyneth Paltrow aparece en un rol casi metafísico, interpretando a una actriz con un pasado glorioso que busca desesperadamente regresar a sus años de gloria. Su presencia añade una capa de melancolía sofisticada que contrasta perfectamente con la energía desbordante de Chalamet.
Pero hablemos del soundtrack, porque aquí Safdie rompe de forma asombrosa con la línea de tiempo convencional. La cinta sucede en los años 50, mientras que la música nos sitúa deliberadamente en los 80, con temas de Tears for Fears, New Order, Alphaville y Peter Gabriel. Safdie confesaría su obsesión con Peter Gabriel al escribir la cinta. Este choque temporal no es accidental ni caprichoso, es narrativa pura, es la manera en que el pasado y el futuro dialogan en nuestra memoria emocional.
Hay música también del increíble Daniel Lopatin, aka Oneohtrix Point Never, que coadyuva aún más a la sensación de ansiedad y logra un estado casi hipnótico. ¿Acaso Safdie nos ha intentado poner en trance como buscaba hacer el legendario Werner Herzog en los 70? La respuesta parece ser un rotundo sí.
Safdie se arriesga aún más con este explosivo experimento que camina de forma elegante entre lo que podría ser el desastre absoluto y termina siendo un triunfo caótico. Incluye a nonactores como Kevin O'Leary, uno de los "tiburones" en Shark Tank, lo cual es absolutamente genial y arriesgado. Incluye al brutal director de cine Abel Ferrara como un mafioso de poca monta que parecería salido de sus propias películas, otro guiño metafísico que funciona a la perfección.
Tenemos también a un alucinante Tyler, The Creator como el mejor amigo del protagonista Marty Mauser, y al campeón de ping pong de la vida real, Koto Kawaguchi, quien no tenía ni idea de quiénes eran Safdie o Chalamet antes de la película. Esta mezcla de profesionales y novatos crea una textura única, una autenticidad que no puede fabricarse en ningún laboratorio actoral.
Se dice que el personaje de la vida real en que se basó la película, Marty Reisman, fue un hombre espectáculo en los 50s y 60s que solía jugar de forma dramática y exagerada, alcanzando la fama haciendo apuestas insólitas durante sus juegos. Era un showman nato, un personaje dickensiano en la era de Eisenhower.
Y aquí viene lo fascinante: se dice que el choque entre una banda sonora de los 80 y una película situada en los 50 no es casualidad. Rainer Werner Fassbinder hizo algo similar en su serie para televisión Berlín Alexanderplatz, situada en los años 20 pero con música de Kraftwerk. El pasado persiguiendo al futuro, y el futuro persiguiendo al pasado.
El personaje de O'Leary, Milton Rockwell, como se revela discretamente en la trama, es un vampiro que ha existido en varias épocas. En un final alternativo que circula en rumores de pre producción, Rockwell encontraba a Mauser y a su nieta en un concierto de Tears for Fears durante los 80, de ahí la presencia del tema icónico de la banda al final de la cinta. Esta capa metafísica pudo elevar la película más allá de lo convencional, pero Safdie reconsideró al pensar que esa sorpresa en el guión sería demasiado para el público.
Marty Supreme es un viaje supremo por el mundo de la imagen y el movimiento a toda velocidad. Una apuesta poderosa, al estilo Marty Mauser, por convertirse en la mejor película del 2025. Josh Safdie ha demostrado que Good Time y Uncut Gems no fueron golpes de suerte ni accidentes felices, son la confirmación de una visión autoral consistente y que sabe cómo provocar a una audiencia y no dejarlos indiferentes. ¿Será el principio de una mancuerna duradera entre Chalamet y Safdie, como sucedió antes con Robert De Niro y Scorsese?



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