Toncho Pilatos: El Rock Mexicano que invocó a Kukulkán

 



El Festival de Rock y Ruedas de Avándaro de 1971 fue el Woodstock mexicano. Los medios lo pintaron como el Altamont Speedway Free Festival. El mismo gobierno que había abierto un respiro a la juventud para intentar cicatrizar las heridas de Tlatelolco dio reversa de golpe. Empezó entonces una era de prohibición y censura total contra el rock and roll. Llevar el pelo largo bastaba para terminar detenido. El rock abandonó los grandes escenarios y se metió en viejas bodegas clandestinas de la peligrosa periferia de las ciudades, esos lugares que la gente empezó a llamar hoyos funkys.


Las restricciones empujan la creatividad. En el caso del grupo tapatío Toncho Pilatos, el resultado fue espectacular. Una banda de rock, casi progresivo que, en 1973 presentó una mezcla alucinante de Jethro Tull, Rolling Stones y Led Zeppelin. Pero no se quedaron ahí. Metieron de lleno la influencia de los mariachis y de Silvestre Revueltas. Tan fuerte fue la apuesta que Polydor les ofreció un contrato. La disquera arriesgó todo en un México que perseguía y castigaba el rock. Parecía que por fin la suerte podía cambiar para el rock mexicano.


La banda apareció en túnicas blancas en la portada de su primer disco. Apenas treinta y cinco minutos de música bastaron para hacer temblar la tierra. Blues, psicodelia, rock ácido y música prehispánica. Cantos al dios Kukulkán. Una mezcla como nunca antes se había visto ni escuchado. Una versión única del rock en México.


Miguel “El Pastel” Robledo en el bajo y Raúl “El Güero” Briseño en la batería formaron una sección rítmica sin igual. Rigoberto “Rigo” Guerrero en la guitarra y Alberto “Beto” López en los teclados, completaban la alineación y desplegaban virtud en cada nota. Por si fuera poco, el multiinstrumentista Alfonso “Toncho” Guerrero se encargaba de las voces, la armónica, la flauta, el violín y las guitarras acústicas.


Se presume que Polydor apostó fuerte y publicó el disco en Europa. La banda nunca llegó allá y el álbum pasó desapercibido. En México las cosas no fueron distintas. La banda se convirtió en un fenómeno underground, pero no hubo espacios para ellos en el mainstream. Ni radio ni televisión. La censura al rock era brutal.


Aquel disco no fue solo el debut de un grupo de rock. Fue un ritual ancestral mezclado con blues eléctrico y con la dinámica progresiva de la banda de Ian Anderson. Nunca más una banda mexicana volvió a sonar así. El sonido y la actitud de Toncho Pilatos eran desafiantes y disruptivas. La producción apenas hacía justicia a la propuesta artística del grupo. Se decía que el disco no había capturado la potencia que la banda mostraba en sus presentaciones en vivo. Temas como Kukulkán y Atlanteotl suenan estremecedores en algunas cintas capturadas de forma ilegal en sus presentaciones en vivo.


Aún con el antecedente de los dos primeros discos de Three Souls in My Mind, sobre todo el segundo, el clásico Chavo de Onda de 1971, en 1973 los Toncho Pilatos creaban el verdadero rock mexicano. Pero pocos estuvieron ahí para ver, escuchar y creer. Qué mal que tantos se perdieron de algo tan increíble. Está bien, no era rock. Era algo mucho más allá.


De entre los discos icónicos de aquel tiempo y espacio, publicados por los Dug Dug’s, los Three Souls in My Mind, la Revolución de Emiliano Zapata, El Ritual y La Tribu, Toncho Pilatos era sin duda la propuesta más singular, arriesgada, y la que pudo tener más futuro. Pero no fue así. La banda publicó un par de discos más, pero el momento ya se había ido y la banda nunca volvió a sonar igual.

Comments

Popular Posts