Hierro y Anarquia: Cómo Sam Sulek Dinamitó la Industria del Fitness
Recuerdo con horror las palabras de una chica de la oficina que apenas llevaba unas semanas entrenando en el gimnasio: "Me tomaré una semana para dejar descansar mis músculos y evitar el sobreentrenamiento".
¡Qué idea más nefasta! ¡Qué traición al sagrado espíritu del hierro!
Cuando empecé a entrenar hace más de 30 años, quería vivir en el gimnasio. Entrenaba dos horas diarias, a veces más. Entrenar no era una obligación, era oxígeno puro. Me producía una felicidad adictiva que me empujaba a sesiones dobles. El día que abrieron las puertas del gimnasio local los domingos, experimenté una alegría casi infantil. Sin embargo, descubrí una verdad incómoda: ir todos los días sin excepción no permitía la recuperación muscular óptima. Dejé de entrenar los sábados y domingos, comencé a entrenar solo de lunes a viernes, y mis ganancias comenzaron a explotar nuevamente como pólvora.
Pero aquí está el secreto que los principiantes no entienden: para un novato es casi imposible generar la intensidad nuclear que puede desatar un veterano curtido por años de batalla. Hace un par de años estuve viviendo en otra ciudad. No tenía mucho que hacer más que ir al trabajo, así que opté por entrenar en la mañana y en la noche. ¿Sobreentrenamiento? Para nada. Mi cuerpo se adaptó y mejoró rápidamente, y eso que en mi cuarta década de existencia, la recuperación no es la misma que a los 20 años. ¿Tomarme una semana de "recuperación" luego de apenas un par de semanas de entrenar? Ni pensarlo. Eso es para holgazanes que buscan excusas, no resultados.
Sam Sulek surgió de las entrañas de las redes sociales como un relámpago en la oscuridad. Su canal de YouTube se volvió un fenómeno viral imparable. En él, Sulek documentaba sus andanzas en el gimnasio con honestidad brutal: sus rutinas de entrenamiento, su dieta sin pretensiones, su progreso tangible y, sobre todo, su amor genuino e irracional por el gimnasio. Sulek se convirtió en un fenómeno cultural en plena época de los "gurús" sobreproducidos del fitness, esos vendedores de humo con sus programas de seis semanas y sus poses de Instagram.
Confieso que desconfié de Sulek al principio, tanto como lo hice con Jake Paul. "Si Paul no es boxeador, Sulek tampoco es bodybuilder", pensé con escepticismo. Sin embargo, Paul ha hecho bien al boxeo: ha encendido la chispa de interés por un deporte que parecía estar perdiendo atractivo entre las nuevas generaciones. La labor de Sulek es algo similar, quizás aún más revolucionaria.
Soy de la firme convicción de que Sulek y Chris Bumstead han hecho más para atraer la atención y popularizar el bodybuilding en la actualidad que cualquier campaña de marketing millonaria. Pero no compararía directamente a Sulek con CBUM. Bumstead se forjó en el gimnasio bajo los cánones sagrados de la vieja escuela. Se subió al escenario y ganó competencias brutales con preparación impecable. De ahí vino su asombrosa popularidad en redes que ya casi lo pone a la par en seguidores que Arnold Schwarzenegger, el padrino del deporte.
Sulek, por varios años, habitó solamente el gimnasio y las redes sociales como una anomalía fascinante, construyendo su mito ladrillo a ladrillo, repetición a repetición. Pensé que aunque la influencia de Sulek era genuinamente buena para el deporte, el joven no sería otra cosa que un fenómeno viral de redes que jamás llegaría a pisar un escenario profesional. Pero me equivoqué completamente. Y a veces, contrario a lo que muchos piensan, me encanta equivocarme cuando la realidad supera mis expectativas.
Un día, Sulek anunció su participación en una competencia amateur en el Arnold Classic. Con todo y su enorme fama en redes sociales, el influencer se subió al escenario con humildad y ganó su acreditación como profesional. Un salto cuántico que pocos dan en tan poco tiempo, una hazaña que dejó boquiabiertos a los críticos.
Pero el fenómeno Sulek no se gestó en poco tiempo, eso sería un malentendido. Sulek estuvo habitando en los gimnasios por años cual prisionero voluntario en un oscuro calabozo de hierro y sudor. Me gusta pensar que así fueron mis 20 y 30 años en el gimnasio: reclusión autoimpuesta. Más allá de los gurús del entrenamiento con sus certificaciones de fin de semana, al igual que Sulek, me gustaba entrenar todos los días y por horas en el gimnasio. Era una forma de vida, no un pasatiempo casual ni un hobby de Instagram. Encuentro profundamente similar la intensidad nuclear de Sulek, su filosofía antiautoridad, muy punk rock, muy DIY (hazlo tú mismo).
¿Días de descanso? No, gracias. ¿Días de descarga? No, gracias. ¿Pesos ligeros para "sentir la conexión mente-músculo"? No, gracias. ¿Movimientos aislados en máquinas de última generación? No, gracias. ¿Ropa nueva de marca cara para ir al gimnasio y lucir bien en el espejo? No, gracias. ¿Gimnasios lujosos, con alfombra mullida y climatizados a temperatura perfecta? No, gracias. ¿Entrenadores certificados cobrando fortunas y autoproclamados expertos en dietas? No, gracias.
Mi cardio fue por muchos años caminar de la casa al gimnasio a las 5 de la mañana en pleno invierno y del gimnasio a la escuela a las 7, con los músculos todavía bombeados. Mi dieta de volumen por años fue simple y brutal: tomar un litro de leche entera todos los días cuando salía de la escuela e iba a casa. Empecé entrenando con bloques de cemento improvisados y tubería vieja de desecho en el patio o en la lavandería de casa de mis padres. El primer gimnasio donde entrené por casi 10 años no tenía ventanas y tenía techo de lámina oxidada. Era un congelador brutal en invierno y un horno infernal en verano, y lo amaba con pasión irracional.
No había gurús ni entrenadores personales que te cobraran por enviarte dietas genéricas y rutinas copiadas por WhatsApp. No había creatina de marcas elegantes, no había péptidos experimentales. Había huevos, carne roja y leche. Punto. Tampoco había internet con sus infinitos recursos. Aprendías buscando información en revistas arrugadas y a pura prueba y error, con tu propio cuerpo como laboratorio. Podía crecer como Mike Mentzer aplicando el heavy duty ortodoxo, pero me encantaba enloquecer de vez en cuando aplicando volúmenes excesivos de series. Hasta 15 sets solo de sentadillas profundas, y mis piernas lo agradecieron creciendo como nunca.
Lo de Sulek es un regreso revolucionario a esa época dorada. Es la emoción del instinto puro y la adicción a la adrenalina cruda. El gusto primitivo por ponerse debajo de una barra cargada con una cantidad monstruosa de peso y moverla con voluntad de hierro. Lo de Sulek es conocerse mejor cada día, centímetro a centímetro. En ningún lugar te conoces mejor que acostado en una banca y moviendo una barra con muchos discos en prensa de pecho, cuando la barra baja lentamente y tu vida depende de subirla una vez más.
Lo de Sulek es tomar esa vieja gorra porque no te interesa peinarte como modelo y esa camiseta rota porque te crees Dorian Yates en su apogeo, e ir a entrenar pesado sin miramientos. Lo de Sulek es regresar al pasado glorioso y entrenar mientras te desconectas completamente del mundo exterior. Lo de Sulek es dejar que el instinto fluya sin restricciones y en ocasiones dejarse llevar por la inercia, literalmente. Se trata de ir más allá del límite imaginario y romper con la parálisis por el análisis excesivo que plaga el fitness moderno.
Regresar a lo básico, al Raw Power, a las sentadillas profundas, al peso muerto con barra y a las prensas de banca con pausa en el pecho. No hay más misterio. Las máquinas están bien siempre y cuando uses el peso máximo disponible y los cables de las poleas resistan sin romperse. Los ejercicios de aislamiento se valen, claro que sí, pero solo cuando son pesados y te dejan sin aliento. Arthur Jones y Mike Mentzer nos dejaron esa lección grabada en piedra: se trata de aumentar la intensidad y la carga progresivamente, no de hacer las cosas cómodas y fáciles para el ego.
Dejar caer las pesas cuando ya no puedes más y escuchar el ruido metálico y el estruendo que sacude el piso, algo que hoy es pecado mortal en los gimnasios modernos con sus reglas absurdas.
Lo de Sulek es a veces entrenar un mismo músculo varias veces a la semana. ¡Qué maravilla! ¡Qué herejía para los dogmáticos! Sulek anunció recientemente su equipo de preparación para su debut profesional en marzo en el Arnold Classic Physique: él solo es su propio equipo y nadie más. Ningún gurú, ningún preparador costoso, ningún equipo de diez personas.
Es su debut profesional. No espero que gane la competencia contra veteranos experimentados. Los Ramones nunca tuvieron discos de platino vendiendo millones, pero sí hicieron historia transformando el rock haciendo más con menos, con sólo tres acordes y actitud. Sulek no ganará el Arnold en su primer intento, pero sí medirá su efectividad real frente a aquellos que gastan millones en gimnasios súper equipados y con equipos de una decena de personas que les cuidan cada gramo de comida y cada hora de sueño.
Lo de Sulek es pura bestialidad controlada. Mientras el entrenamiento "al fallo" se pone de moda y se vuelve un cliché vacío repetido por todos, lo de Sulek es el uso brutal y estratégico del rest-pause, algo que comparto por completo desde hace décadas. Ir más allá del fallo técnico y aumentar la intensidad al máximo absoluto como enseñaban Mike Mentzer y Tom Platz con sus piernas legendarias.
Claro, todo esto es más fácil para Sulek en sus 20 años, con testosterona disparada. Pero no es imposible a los 40, se los aseguro por experiencia propia. Volvería a entrenar dos veces al día, cinco días a la semana con genuino gusto, si tuviera el tiempo disponible.
Mientras los influencers del fitness moderno se obsesionan con la ropa nueva de marca más vistosa y costosa, los péptidos experimentales de moda y sus trípodes de iluminación profesional para el ángulo perfecto, Sulek se graba a sí mismo de forma austera, con su teléfono en mano, como si hiciera un documental crudo de su vida, y toma leche sabor chocolate simple para hacer volumen sin complicaciones.
Una vez más, Sulek les gana a muchos al convertirse en el punk rock auténtico del bodybuilding y un verdadero outsider que no pide permiso, lo cual me trae de vuelta el gusto por lo básico, lo crudo y primordial del deporte. Una hermosa anarquía contra la ortodoxia rígida, lo sobreproducido y artificial, y los gurús con sus decenas de certificaciones de fin de semana enmarcadas en la pared.
Es claro que en algún momento Sulek tendrá que reducir la intensidad o modificar su enfoque. Es normal y así es como el cuerpo cambia con los años y nos vamos adaptando inevitablemente. Sin embargo, pienso firmemente que sacar máximo provecho a su juventud, con la testosterona al máximo nivel natural, es una ventana de oportunidad biológica que no se debe desperdiciar jamás. Es el mejor momento de respuesta física óptima al esfuerzo sostenido, al volumen considerable de entrenamiento e incluso a la imperfección en la ejecución técnica.
Sulek se toma a sí mismo como un experimento viviente y eso es profundamente inspirador para millones. No es un conejillo de indias pasivo en el laboratorio de alguien más, él es Bruce Banner y él es Hulk simultáneamente, él es el científico brillante y él es el voluntario valiente en el experimento. Esa dualidad es su superpoder.
Al final, el bodybuilding punk rock de Sam Sulek plantea una pregunta incómoda que resuena en toda la industria: ¿Y si hemos sobrecomplicado absurdamente el crecimiento muscular con ciencia innecesaria y marketing disfrazado de conocimiento?
La respuesta aterra a los miles de "expertos" autoproclamados porque sugiere algo revolucionario: que para algunos, quizás para muchos, el secreto nunca fue el programa perfecto de 12 semanas, ni el suplemento mágico, ni el protocolo de periodización complejo. Era simplemente la voluntad férrea de hacer el trabajo duro, incluso cuando es brutal, feo y nadie está mirando. Cuando no hay cámaras, no hay likes, no hay validación externa.
Es la voluntad de cargar la barra un kilogramo más que ayer. De hacer una repetición más cuando el músculo grita que pares. De volver mañana y pasado mañana y el próximo año. De convertir el gimnasio en tu templo personal y el hierro en tu religión.
Sulek no ha reinventado la rueda del bodybuilding. Ha hecho algo más poderoso: nos ha recordado que la rueda siempre funcionó perfectamente. Solo necesitábamos el coraje de usarla sin pedir permiso a nadie.



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