Lou Reed, New York, New York

 


Tenía trece años cuando escuché por primera vez el álbum New York de Lou Reed. Fue el primer disco suyo que esperé con ansias a que saliera. Los otros que ya tenía, tanto de los Velvet Underground como de Lou en solitario, habían aparecido años atrás, incluso antes de que yo naciera. Había sido más una labor de arqueología musical, que de un fan esperando el disco nuevo de su músico favorito. Ese día mis padres me llevaban como cada fin de semana a casa de mis abuelos. Le pedí a mi papá que llegáramos antes a la tienda de discos. Apenas el auto se detuvo me bajé corriendo, crucé el centro comercial a toda velocidad y compré aquel casete que había tardado semanas en llegar.


No bajé del auto a casa de mis abuelos. Me quedé dentro del coche, sentado en el asiento de atrás, con los audífonos puestos reproduciendo el disco entero en mi walkman. Me dejó atónito. Era exactamente el tipo de producción que siempre había querido escuchar en un álbum de Reed. Algunos lo criticaron por sonar simplista, pero ahí estaba su voz poderosa al frente, más narrador que nunca, como un predicador caminando por el centro de la ciudad del pecado. Detrás venían guitarras simples, directas, llenas de convicción. New York era cómo un libro o una película para los oídos. Estoy seguro que Lou siempre había querido sonar así. 


Lou había dejado atrás aquellos relatos crudos de travestis, drogadictos y sexo perverso que marcaron su etapa anterior. Ahora confesaba que se había vuelto adicto a las noticias, y las leía obsesivamente. Los temas del disco hablaban de la hipocresía en la política de la época, de la violencia que se respiraba en las calles de la ciudad y de la epidemia del sida que estaba destrozando vidas sin que nadie pareciera importarle lo suficiente. Incluso encontraba espacio para una mención filosa a Trump, junto con otros nombres que definían esa Nueva York de finales de los ochentaby los EEUU de Reagan. 


Reed venía de una década con discos realmente buenos, el Growing Up in Public, The Blue Mask, Legendary Hearts, Live In Italy y New Sensations. La leyenda de los Velvet Underground y el nombre de Reed estaban más vigentes que nunca en esa parte de los 80s. Aunque Mistrial había sido un tropiezo claro en su carrera. New York lo superaba todo. Cuando consigues una victoria tan gloriosa como esta, los pecados anteriores se perdonan casi solos. Aquí Lou sonaba un poco más como Dylan, con esa capacidad de contar historias que duelen de verdad. Al mismo tiempo recuperaba algo del minimalismo y la crudeza que habían hecho únicos a los Velvet Underground. 


En 1973 había grabado Berlin, un disco sobre una ciudad que no conocía pero que imaginaba con toda su oscuridad. En 1989 hacía un disco sobre la ciudad que mejor conocía, la que vivía y respiraba cada día, y con eso creó su mejor trabajo de toda la década. Era como si hubiera tomado el espíritu de Taxi Driver de Martin Scorsese y lo hubiera llevado directamente a la música. No costaba nada imaginar a Travis Bickle escuchando estos temas en su taxi amarillo o en su departamento solitario y vacío. 


Si Lou hubiera publicado New York en los setenta, habría sido la banda sonora perfecta para esa película. Aunque para eso ya estaba Street Hassle, que también encajaba de maravilla en esa atmósfera de soledad y rabia contenida. 


Lo que más me conmueve todavía hoy es cómo Reed logró manifestar su enojo y transformarlo en algo tan preciso y humano. No gritaba por gritar. Observaba la ciudad que amaba y odiaba al mismo tiempo, la veía desangrarse por el sida, por la indiferencia de los políticos, por la corrupción que se colaba en cada esquina, y lo ponía todo en canciones que suenan como conversaciones honestas en medio del ruido. New York no es solo un disco. Es un testimonio de un artista que se negó a mirar para otro lado cuando su mundo se estaba rompiendo. Y al escucharlo, se siente esa Nueva York sucia, herida latiendo en alguna parte. 



Comments

Popular Posts