Bajo el Volcán
Bajo el Volcán
Por:
Anthony Bourdain
Tomado
de: Foro Financiero
Los estadounidenses aman la comida mexicana.
Consumimos nachos, tacos, burritos, tortas, enchiladas, y tamales en enormes
cantidades, y cualquier otra cosa que parezca mexicana. Nos encantan las
bebidas mexicanas: felizmente tomamos grandes cantidades de tequila, mezcal y
cerveza mexicana cada año. Nos encanta la gente mexicana, tanto como con
certeza empleamos a muchos de ellos.
A pesar de nuestras actitudes ridículamente hipócritas
hacia la inmigración, exigimos que los mexicanos cocinen un gran porcentaje de
los alimentos que comemos, que cultiven los ingredientes que necesitamos para
hacer esa comida, que limpien nuestras casas, que corten el césped, que laven
los platos, que cuiden de nuestros hijos. Como cualquier chef le dirá, toda
nuestra economía de servicios –el negocio de los restaurantes tal como lo
conocemos–, en la mayoría de las ciudades norteamericanas, se vendría abajo de
la noche a la mañana sin los trabajadores mexicanos. A algunos, por supuesto,
les gusta decir que los mexicanos están "robándose los empleos en Estados
Unidos". Sin embargo, en dos décadas como chef y empleador, nunca he tenido
a UN SOLO chico norteamericano en mi puerta solicitando un trabajo para ser
lavaplatos, portero o incluso como ayudante de cocinero. Los mexicanos hacen
gran parte del trabajo en este país que los estadounidenses, quizá, simplemente
no quieren hacer.
Amamos las drogas mexicanas. Tal vez no usted
personalmente, pero "nosotros", como nación, sin duda, consumimos
cantidades titánicas de ellas, recorremos extraordinarias distancias y gastamos
grandes sumas para adquirirlas. Nos encanta la música mexicana, las playas
mexicanas, la arquitectura mexicana, su diseño de interiores, y las películas
mexicanas.
Entonces, ¿por qué no amamos a México?
Juntamos las manos y encogemos los hombros por lo que
sucede al otro lado de la frontera. Tal vez estamos avergonzados. México,
después de todo, siempre ha estado ahí por nosotros, para dar servicio a
nuestras necesidades y deseos más oscuros. Ya sea para vestirnos como idiotas,
perder el conocimiento por el alcohol, quemarnos con el sol en ‘Spring Break’
en Cancún, lanzar unos pesos a desnudistas en Tijuana, o tostarnos el cerebro
con drogas mexicanas, pocas veces mostramos nuestro mejor comportamiento en
México. Ellos han visto a muchos de nosotros en nuestro peor momento. Ellos
conocen nuestros deseos más oscuros.
Al servicio de nuestros apetitos, gastamos miles y
miles de millones de dólares cada año en drogas mexicanas, mientras que al
mismo tiempo gastamos de miles y miles de millones más tratando de evitar que
esas drogas lleguen a nosotros. El efecto en nuestra sociedad está a la vista
en todas partes: ya sea que se trate de niños cabeceando y con sobredosis en la
pequeña ciudad de Vermont, de violencia de pandillas en Los Ángeles,
vecindarios quemados en Detroit, está ahí para verlo. Lo que no vemos, sin
embargo, lo que no hemos notado realmente, y no parece que nos importe mucho,
es los 80.000 muertos, la mayoría víctimas inocentes en México, solo en los
últimos años. 80.000 muertos. 80.000 familias que han sido afectadas
directamente por la llamada “guerra contra las drogas".
México: nuestro hermano de otra madre. Un país, con el
que, nos guste o no, estamos inexorable y profundamente involucrados en un
abrazo estrecho, pero a menudo incómodo. Mírelo. Es hermoso. Tiene algunas de
las más deslumbrantemente hermosas playas de la tierra. Montañas, desierto,
selva. Arquitectura colonial preciosa. Una trágica, elegante, violenta,
absurda, heroica, lamentable, desgarradora historia. El vino mexicano rivaliza
con el toscano por su magnificencia. Sus sitios arqueológicos, restos de los
grandes imperios, no tienen igual en ningún lugar. Y por mucho que pensemos que
lo conocemos y lo amemos, apenas hemos arañado la superficie de lo que
realmente es la comida mexicana. NO es queso derretido sobre un trozo de
tortilla. No es simple ni fácil. No es nada más "comida de amigos” para el
medio tiempo [de un juego]. Es, de hecho, antigua, más incluso que las grandes
cocinas de Europa y, a menudo profundamente compleja, refinada, sutil y
sofisticada. Preparar una verdadera salsa de mole, por ejemplo, puede demorarse
DÍAS para crear un balance de ingredientes frescos (siempre frescos),
laboriosamente preparados a mano. Podría ser, debería ser, una de las cocinas
más interesantes del planeta, si le pusiéramos atención. Los cocineros de la
vieja escuela de Oaxaca hacen algunas de las salsas más difíciles de preparar y
matizadas de la gastronomía. Y algunos de la nueva generación, muchos formados
en cocinas de Estados Unidos y Europa, han regresado a casa para llevar a la
comida mexicana a nuevas y emocionantes alturas.
Es un país por el que me siento particularmente
apegado y agradecido. En casi 30 años de cocinar profesionalmente, casi cada
vez que entré a una nueva cocina, fue un chico mexicano quien me cuidó, me
respaldó, me enseñó qué era qué, estaba ahí cuando los cocineros más como yo,
con antecedentes como los míos (me escapaba para ir a esquiar o surfear) me
quedaba ahí, [mirando] como bicho raro. He tenido la suerte de saber de dónde
vienen algunos de esos cocineros para ir a casa con ellos, a las pequeñas
ciudades pobladas en su mayoría por mujeres, donde en la noche las familias se
reúnen en el teléfono del kiosco del pueblo a la espera de las llamadas de sus
esposos, hijos y hermanos, quienes se han ido para trabajar en nuestras cocinas,
en las ciudades del Norte. He sido lo suficientemente afortunado para ver de
dónde viene esa afinidad por la cocina al presenciar a madres y abuelas
preparando muchas cosas deliciosas, con orgullo y amor verdadero, con alimentos
hechos a mano, pasadas de sus manos a las mías.
En años de hacer televisión en México, este es uno de
los lugares en los que, como equipo, somos más felices cuando termina la
jornada de trabajo. Nos reunimos alrededor de un puesto callejero y pedimos
tacos suaves con salsas frescas, brillantes y deliciosas; bebemos cerveza
mexicana fría, mezcales humeantes. Con los ojos húmedos, escuchamos canciones
sentimentales de músicos callejeros. Miramos a nuestro alrededor y reafirmamos,
por enésima vez, el extraordinario lugar que es este.
La creencia popular es que México nunca va a cambiar.
Eso es irremediablemente corrupto, de arriba a abajo. Es inútil resistirse: al
cuidado, a la esperanza de un futuro más feliz. Pero hay héroes por ahí que se
niegan a pasar de largo. En este episodio de lugares desconocidos, nos
encontramos con algunos de ellos. Personas que están de pie ante las
circunstancias, exigiendo rendición de cuentas, exigiendo un cambio a un gran
costo personal, incluso aterrador.



Comments
Post a Comment