El Anticristo En La Casa de al Lado
Recuerdo despertar sin saber si era de día o de noche. Escuchaba voces y caminaba a oscuras por el pasillo de la casa hasta llegar a la cocina. Ahí estaban mis padres, hablando. A veces parecía que lo hacían en voz baja, casi en secreto, como si no quisieran que yo los escuchara.
A finales de los años setenta e inicios de los ochenta todos éramos un poco paranoicos, o mucho. Se acercaba el fin de siglo y en la mente de cualquiera cabía la posibilidad de una guerra nuclear entre Estados Unidos y la URSS. Vivíamos cerca de Texas, así que un ataque nuclear no era una amenaza lejana.
Y por si la amenaza nuclear fuera poco, el diablo andaba suelto. Podía ser la pareja de ancianos que vivía en la casa de al lado. Podía ser quien fuera que habitara esa casa lúgubre de la esquina, la que nadie quería mirar dos veces al pasar frente a ella. Podían ser mis propios padres. Podían ser mis maestros. A esa edad, el mal no tenía forma fija, tenía la cara de cualquiera.
En 1976, dos años antes de dirigir Superman con Christopher Reeve, Richard Donner, uno de los productores más rentables de Hollywood, dirigió The Omen. Me pareció una de las películas más aterradoras que había visto. Llegó cuando el mundo hablaba del fin de los tiempos. Se había formado el estado de Israel, se discutía un mercado común en Europa, Vietnam había humillado a Estados Unidos y su presidente, Richard Nixon, caía en desgracia frente a todo el país. Vivir esos años se sentía parecido a habitar el universo de Watchmen, esa novela gráfica de Alan Moore donde el mundo entero parece sostenerse con hilos.
The Omen fue una pieza clave de esa maquinaria paranoica. El Anticristo caminando entre nosotros, disfrazado de niño. Eran tiempos oscuros, tiempos de pesimismo real, no fabricado. Ya no eran solo los ancianos los sospechosos de servir al diablo, como en Rosemary's Baby. Ahora también los niños cargaban esa sospecha, y eso cambiaba todo.
Hay una escena en un cementerio abandonado a las afueras de Roma que me marcó de por vida. Es un lugar donde jamás querría poner un pie. A Donner le fascinaba esa duda constante del protagonista, esa pregunta que no lo dejaba dormir, sobre si su propio hijo era o no el Anticristo. Pero la productora no quería ambigüedades, quería el golpe seco y el éxito arrasador que había tenido The Exorcist unos años antes.
Y ahí estaba la pregunta que nos perseguía a todos, ¿cómo no íbamos a vivir sumidos en el pesimismo y al borde de la paranoia si el Anticristo podía ser, literalmente, el hijo del presidente de Estados Unidos?
Gregory Peck le dio a su personaje un peso dramático que iba mucho más allá de la actuación. Uno de sus propios hijos se había quitado la vida pocos meses antes del rodaje, y eso se sentía en cada gesto, en cada silencio de su interpretación.
Lo que más me marcó fue la música. Jerry Goldsmith construyó una partitura con coros poderosos, casi wagnerianos, de esos que te erizan la piel y te sientan, sin pedir permiso, en el centro de una misa satánica. Esa música no acompañaba la historia, la empujaba directo a nuestra mente.
Con The Omen se cerraba una trilogía de lo más oscuro que ha dado el cine, Rosemary's Baby, The Exorcist y The Omen. Demasiado, quizás, para una mente infantil que insistía en ser precoz y disfrutaba viendo esas películas mucho antes de la edad que debía.


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