Rei Kawakubo: Salgamos del Agujero Negro
Existe ironía en que haya sido precisamente la legendaria Rei Kawakubo, figura monumental de la alta costura contemporánea quien lanzara la provocadora consigna: "salgamos del agujero negro". Porque la misma Kawakubo ha dedicado décadas enteras a invocar los misterios cuánticos y filosóficos de los agujeros negros a través de su carrera y de su audaz casa de alta costura Comme des Garçons, convirtiendo la oscuridad en su alfabeto creativo.
¿A qué agujero negro se refería realmente Kawakubo? Tal vez no hablaba de la magia cósmica ni del misterio astrofísico que envuelve estos fenómenos del universo, esos pozos gravitacionales donde el tiempo mismo se retuerce hasta desaparecer. Kawakubo seguramente se refería, de manera literal, al abismo existencial en el que ha caído el mundo durante los últimos años: ese vacío de sentido y de desesperanza colectiva. Algo así cómo la sensación de ser tragados por fuerzas invisibles que nos superan reduciéndonos a polvo cósmico.
O quizá, y esto sería aún más perturbador, más aterrador, Kawakubo está convencida de que nuestro universo existe realmente dentro de un agujero negro y desaparecerá engullido inevitablemente algún día, y su moda no es más que el testimonio visual de esa revelación apocalíptica. Una premonición vestida en textiles y costuras.
La colección presentada para Otoño/Invierno por Comme des Garçons lleva por nombre "Black Hole" (Agujero Negro), y resulta obvio que el color predominante es el eterno aliado de Kawakubo: el negro absoluto, el negro que devora la luz sin piedad, el negro que no admite concesiones. Para algunos, el negro podría evocar connotaciones negativas, asociarse con la muerte, el luto, la ausencia o el vacío. Para Kawakubo, sin embargo, no es otra cosa que un potenciador radical de los detalles de sus creaciones, un poderoso lienzo sobre el cual cada costura, cada pliegue, cada imperfección deliberada cobra una intensidad sobrenatural.
Para aquellos que busquen algo de colorido, no desesperen del todo: Kawakubo también incluyó algo de gris. Sí, gris. Ese es todo el arcoíris que obtendrán, toda la concesión cromática que recibirán. Porque en el universo conceptual de la más disruptiva diseñadora japonesa, la restricción cromática no es limitación, sino liberación y rebeldía pura, un acto de resistencia contra la saturación visual de nuestro tiempo.
Otro elemento de choque, algo característico en el lenguaje Kawakubo, ha sido la inclusión de máscaras grotescas que añaden un toque de ritual secreto, una atmósfera de ceremonia prohibida y un misterio profundamente inquietante a la presentación de sus creaciones. ¿Las máscaras son para intimidar, o para proteger? ¿Ocultan la identidad o revelan la verdadera naturaleza de quien las porta? La ambigüedad es intencional y calculada.
Los peinados, por su parte, evocan la imagen de que cada uno de los modelos acaba de pasar por la silla eléctrica: cabellos erguidos, despeinados con violencia deliberada, como si una descarga de alta tensión los hubiera atravesado segundos antes de salir a la pasarela. No es estilismo. Es evidencia forense.
Esta vez, uno podría pensar que las creaciones de Kawakubo poseen un aire fúnebre, y no estaría equivocado. No cabe duda de que Kawakubo ha capturado con precisión quirúrgica el momento que acontece globalmente, el zeitgeist repleto de pesimismo, ansiedad existencial y desesperanza que nos aplasta cada día.
Aquí no se trata del elegante romanticismo de los vampiros góticos victorianos, esos seres seductores envueltos en terciopelo y misterio. No. Esto es el aterrador avance de esqueletos nocturnos que muestran sus estructuras óseas descarnadas por la pasarela, revelando sin pudor la anatomía de la muerte misma, el interior sin piel.
Son miembros de una oscura secta apocalíptica kubrickiana, piensen en "Eyes Wide Shut" pero sin la seducción, solo el terror ritual, o quizá asesinos en serie fugados de Arkham, desfilando ante nosotros. La incomodidad puede ser insoportable y visceral, y eso es exactamente lo que Kawakubo busca y lo que parece provocarle un placer casi sádico.
Kawakubo jamás será ajena a la provocación, a ese impulso de sacudir al espectador hasta los huesos. Ella misma suele decir con contundencia casi zen: "Mi energía viene de la libertad". Esa libertad implica no rendirse ante las expectativas ajenas, no buscar la aprobación de nadie, no perseguir lo bonito ni lo deseable. Sin concesiones al mercado ni a las tendencias pasajeras.
Kawakubo continúa con su poderosa deconstrucción de la moda, esa tarea que ha sostenido durante décadas sin claudicar jamás. Hay cortes salvajes en los trajes y chaquetas modelados, cortes hechos con violencia. Las prendas han sido literalmente destruidas y reconstruidas por Kawakubo para darles un nuevo significado y un propósito más profundo. Una segunda vida.
Todo pareciera ser arrastrado hacia el interior por una salvaje fuerza gravitacional invisible, como si cada prenda estuviera siendo succionada hacia el centro de un agujero negro real, colapsando sobre sí misma.
Las texturas son inquietantes, casi repulsivas al contacto visual. Los detalles son escabrosos, deliberadamente incómodos. Kawakubo los ha diseñado para provocar rechazo. La presentación parece más una película de terror slasher que un desfile de moda: violencia implícita y cuerpos fragmentados que desafían la anatomía convencional.
Una vez más, Kawakubo se expone sin filtros y en sus creaciones vemos realmente el interior: cortes al descubierto, costuras a la vista, puntadas que normalmente permanecerían ocultas bajo capas de acabado perfecto. Para Kawakubo, esos detalles tradicionalmente invisibles son los verdaderamente importantes, los que cuentan la historia honesta de la prenda, los que revelan el proceso y el esfuerzo, y por eso no los oculta en ningún momento.
Es una filosofía radical de transparencia constructiva: mostrar cómo se hace, revelar el proceso completo, exponer las entrañas sin vergüenza.
La moda convencional esconde sus procesos con pudor burgués. Kawakubo los celebra con orgullo desafiante, casi militante.
Pero al final del hoyo oscuro, en el momento más inesperado, cuando ya todo parecía perdido en las tinieblas, hay algo de luz. Kawakubo presenta algunos modelos finales en color blanco impoluto, un poderoso símbolo de esperanza y un contraste visual que golpea como rayo.
Después de toda esa oscuridad sofocante, el blanco emerge como una declaración de supervivencia, como la prueba irrefutable de que incluso del agujero negro más profundo puede escapar algo de energía residual, algo de vida que se niega a extinguirse.
La noche es más oscura antes del amanecer, nos recuerda la sabiduría antigua. "Hay una grieta en todo, así es cómo entra la luz", nos diría Leonard Cohen con su voz quebrada por el dolor y la esperanza.
Una vez más, Rei Kawakubo se coloca a la vanguardia en el espectro intelectual de la alta costura contemporánea. Una vez más demuestra, sin ambigüedades que la narrativa conceptual es la que manda cuando la alta costura toca lo verdaderamente artístico y se convierte en declaración filosófica.
Kawakubo busca jugárselo todo con tal de destruir las fronteras artificiales que pudieran dividir la moda de la filosofía, del arte conceptual, de las metáforas cósmicas y de las preguntas existenciales más profundas que la humanidad se ha formulado desde que desarrolló consciencia de sí misma.
Kawakubo no busca ser agradable o convencionalmente atractiva. Lo que persigue activamente es la aversión, la provocación visceral, detonar pensamientos incómodos, forzar al espectador a confrontar sus propias ideas preconcebidas sobre belleza, muerte, caos y orden.
Kawakubo es el punk rock de la alta costura, esa fuerza disruptiva que se niega a ser domesticada por el mercado o las tendencias, que escupe en la cara del buen gusto establecido. No es sorpresa que John Waters, el Papa del Trash, el Rey del Mal Gusto Elevado a Arte, la ame tanto y le haya dedicado un capítulo completo en su libro Role Models.
No se trata de agradar al público masivo, de vender miles de unidades o de aparecer en las portadas de las revistas de moda mainstream. Se trata, incluso, de estar dispuesta a ser odiada e incomprendida por sostener una visión artística sin compromisos. Johnny Rotten seguramente estaría orgulloso de ella, reconocería en Kawakubo a una hermana espiritual en la rebelión.
Y en ese rechazo radical a lo complaciente, en esa valentía sobrehumana de habitar el abismo y convertirlo en belleza incómoda, Rei Kawakubo nos recuerda algo que hemos olvidado en nuestra búsqueda desesperada de confort: el verdadero arte no fue diseñado para hacernos sentir cómodos. Fue creado para hacernos sentir despiertos. Dolorosamente y violentamente despiertos.



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