The Monkey: Oz Perkins nos hace reír de la muerte (y retorcer de incomodidad)



La muerte no tiene sentido. Pero si algo nos ha enseñado el cine de terror es que tampoco lo necesita.

Osgood "Oz" Perkins regresa con The Monkey, su nueva película basada en el cuento de Stephen King, y la promesa es clara: no será solo terror, sino un cóctel de comedia negra, sangre y absurdidad existencial. Su anterior película, Longlegs, con Nicolas Cage, fue una de las experiencias más perturbadoras del cine de terror reciente. Ahora, Perkins nos entrega algo distinto, pero igual de inquietante.

Si su nombre aún no te dice mucho, basta con un par de datos: es hijo de Anthony Perkins, el icónico Norman Bates de Psycho, quien falleció victima del SIDA, y de la actriz Berry Berenson, quien falleció en uno de los aviones secuestrados el 11 de septiembre de 2001. La muerte ha rondado su vida de maneras demasiado literales. Quizá por eso, su cine está obsesionado con ella, pero no desde la solemnidad, sino desde lo grotesco y lo absurdo.

Adaptar a Stephen King nunca es sencillo. El relato original de The Monkey es un cuento inquietante sobre un siniestro mono de juguete que desata la muerte cada vez que golpea sus platillos (en el caso de la cinta, Perkins cambia los platillos por un tambor). En manos de otro director, esta historia se habría convertido en un thriller paranormal convencional. Pero convencional no es una palabra que describa a Perkins.

Aquí, el horror se mezcla con el gore, la comedia negra y una profunda reflexión sobre la inevitabilidad de la muerte. La cinta no se limita a asustar: también incomoda, hace reír en los momentos más inapropiados y deja una sensación de vacío existencial difícil de sacudir. Es una película que parece reírse en la cara de la tragedia, y ese es su verdadero golpe maestro.

La película cuenta con un elenco brillante: Theo James, Elijah Wood, Tatiana Maslany y el mismo Perkins. Pero es Maslany quien se roba la pantalla. Su personaje, aunque breve, no solo encarna la idea central de la película, sino que lo hace con una energía casi hipnótica.

Su mensaje es claro: la muerte es inevitable. No tiene lógica ni sentido, no respeta narrativas épicas ni finales conmovedores. Los accidentes ocurren, los aviones caen, los corazones fallan. Y, ante eso, la única respuesta posible es bailar.

Sí, bailar. Porque, como nos sugiere Maslany en una de las escenas más impactantes de la película, hemos convertido la muerte en un evento solemne, en algo que debe cargarse con sufrimiento y tragedia. Pero ¿y si la enfrentáramos con la misma indiferencia con la que llega?

El humor negro de The Monkey recuerda al Tim Burton más ácido, pero sin la dulzura de sus historias. Su estética sucia y la forma en que rompe cualquier expectativa de terror tradicional lo acercan más a directores como John Waters, David Lynch y David Cronenberg.

No es una película diseñada para agradar a todos. Su mezcla de humor incómodo y violencia grotesca puede resultar demasiado para algunos, pero ahí radica su magia: no intenta ser accesible. Es un cine que desafía, que empuja los límites de lo que entendemos como terror.

The Monkey no solo me hizo reír en los momentos más inesperados, sino que me dejó con una sensación de incomodidad que pocas películas logran. Algunos espectadores saldrán de la sala sin entender qué acaban de ver. Otros la considerarán excesiva. Pero los que conecten con su mensaje verán algo más: un recordatorio de que la muerte no siempre es grandiosa ni simbólica. A veces, solo es absurda, rápida y sin sentido.

Y en esos momentos, quizá lo único que queda por hacer… es bailar.


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